miércoles, 27 de julio de 2022

No me demandes por daños y perjuicios

    Estabas en mis manos otra vez. Recordaba como tus dedos se marcaban en mis glúteos después de pedirte con ansias, y sin pena alguna, que repitas el golpe una y otra vez. Aunque quisiera, nada dolía mientras te pensaba. Mis pezones comenzaban a exigirte. Quería volver a poder exigir que te desvistas lentamente cuando toda mi ropa interior ya se encontraba lubricada. Codiciaba sacarte la ropa con desquicio, que está ya no se encuentre puesta era la fantasía a la que recurría mi mente todo ese tiempo en que mis manos comenzaban a imitar estas imágenes que se creaban cuando el cuerpo empezaba a encenderse.
    Percibir que estaba lubricada era solo la iniciación. El cuerpo seguía este ritual, el cual no conseguía procrastinar. No podía, porque era ahí cuando mi mente lograba ponerte la piel al descubierto, y el cuerpo solo se tumbaba en el lugar que estuviera sin poder contenerse. No importaba el paisaje que mis ojos estuvieran viendo, solo importaban esas escenas sensoriales que mi cerebro creaba. Notaba el frio en mis pies y lo sudorosa que podía volverme, estiraba mi cabello para sentirte completamente, dejaba que mi temperatura se elevara al máximo para pasar al siguiente paso. No estaba estructurado, pero de alguna forma el cuerpo me lo indicaba. Las imágenes iban y venían, los sonidos de estos pensamientos se podían escuchar tan reales como tenerte reproduciéndolos. Quería, entre pensamientos, arrodillarme y con mi lengua reconocer tu pelvis otra vez. Seguía el mapa de tu cuerpo con exactitud mientras pasaba mi mano derecha por mi entrepierna, mientras con la restante apretaba uno de mis pechos con la fuerza que lo habrías hecho. Que ganas de que te vuelvas real, de que estés en carne y hueso detrás de mí. 
    No quise terminar sin sentir tu penetración, algo que no podía sustituir ni con las millones de imágenes que pudiera lograr generar. Pero no iba desistir. No podía escapar de mi mente sin lograr su cometido final. Mi cuerpo giraba y se retorcía, se hamacaba en mi mano sin prisa, condenándome a precipitar el final. 
    ¿Cómo no ibas a dolerme? si todo mi cuerpo te clamaba con el mismo dolor, si cada vez que lograba llegar al éxtasis eras en lo que pensaba. Pero habías decidido robarme hasta los recuerdos -o querías hacerlo-. No me demandes después de ser vos quien me daba con golpes lo que pedía. Tus dedos se marcaban en mis glúteos, y para mí no había mejor placer que ese.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

j=d.createElement(s),dl=l!='dataLayer'?='+l:'';j.async=true;j.src=