Venían deseándose desde el bar. Se habían mirado en algún momento como sabiendo que buscaban el mismo desenlace. Tuvieron algunos roces. No compartieron palabras, pero sabían que se irían juntos.
Ella le dijo para irse, y él… bajo las escaleras. Escaparon
del lugar directamente al estacionamiento. Abrieron las puertas y acomodaron
los sillones. Si algo se complicó fue solo para darle inicio al momento. Ahora
el escenario era un auto, sobre una calle oscura, en medio de la ciudad. La
ropa de ella, ya no se encontraba tapando su cuerpo. No hicieron falta las
palabras en ningún momento porque todo instantáneamente se tornó a lo tántrico. Después
del reconocimiento previo, se gustaron. A ella la motivaba: lo pervertido, lo
indisimulado. Sabía que quería el jugo de él en cualquiera de sus partes. A él,
se lo veía decidido. Estaba predispuesto esa noche para dárselo. Darle esto que
ella ansiaba y le pedía con su cuerpo.
Accedieron mutuamente a los gemidos, sin pedir permiso,
sin dejar de prestar atención en el otro. Cada cual se posicionaba para dejarse
complacer. Porque cuando el cuerpo se posiciona naturalmente, las palabras no
son reproducidas. Entonces escalas de sinfonías fueron sintonizadas, los volúmenes
se volvieron armónicos, las pieles se fundieron con el mismo aroma. Un aroma
reconocido por ambos. Se amoldaron a la incomodidad de un reducido espacio y lo
supieron aprovechar, ya que con una buena posición, lo demás, se dimensiono
para coordinar el acto.
Ya ella de espaldas, encima de él, acomodo sus piernas
para lograr el cometido. Al final nada costaba.
El mejor de los rituales era ahora su figura ya ensamblaba con la de él, dándole
lugar a sus movimientos de caderas. Ella, como contorsionista, preparaba el
siguiente escenario. Si bien estaba apresurada para encontrarse con él en el
orgasmo, no obstante quería tomárselo con calma. Esta vez la ansiedad no iba a
ganarle al sentir.
Con su danza fue persiguiendo ese fin, pero con total calma,
disfrutando de la situación que le generaba sentir su pene dentro. Siguió actuando
conforme a su anatomía, y lo que esta le pedía. Paso de contorsionista a ser su
bailarina. Ella creaba los escenarios, y con su baile lo mantenía en órbita a él.
Este escenario en donde la entrada no se cobraba, solo se agradecía.
Para ella esto era el juego del saxo. Que quizás más que
un juego es el sonido que transcurre en su cabeza. Un saxo sonando. Su melodía la
lleva, la enciende, para seguir con su accionar. Este saxo que suena según sus
deseos, dejando a libre albedrio lo siguiente. Todos sus caprichos estaban
siendo cumplidos de la mejor manera posible. Él se dejaba cabalgar, sin quejas
y sin preguntas, solo gozaba del momento en donde ni las pequeñas luces que
llegaban a alumbrarlos importunaba.
Después de algún que otro orgasmo vaginal; ella, mientras
él la penetraba por detrás, frotaba con dos de sus dedos derechos, la terminación
nerviosa donde era acumulado todo su potencial, donde contenía un insuperable y
diferente orgasmo final. El, se encontraba en el mismo momento. Donde el
cuerpo sale de su cotidianeidad para explotar en otro estado. No estaban
cansados, solo querían acabar.
Mojo sus dedos. Los volvió a posicionar en su vagina;
frotando adelante y colando los restantes por debajo. El siguió penetrándola,
pero más rápidamente; mientras ella envolvía y empañaba con gemidos los
cristales del auto donde se encontraban. Ni el frio paro este momento en donde
entre cuatro o cinco gemidos finales, le provocaron el clímax. Ambos lo comenzaron, y ambos, con una sincronía, lo terminaron.
Me encanta lo que trasmite tu forma de expresarte!
ResponderEliminarGracias Nati! te mando cariños
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