Sabía que podía confundirla. Entendía la cuestión en su total dimensión. Apostaba aun así por más. Fingió que no tenía intenciones de hacerlo, fingió por castigo, por despecho. Fingió por amor.
Hizo que se apresuraren, quería llegar. Varias veces quiso llorar, pero no paro hasta resolverlo.
Su obsesión, sus obsesiones, la limitaban o la excedían. Se desconocía con profundo horror. Había concientizado el que por lujuria podría llegar a hacer cualquier monomanía, también, perderlos a ellos dos.
Aun escuchaba un wish you were here tarareándose en su cabeza, en sus pálpitos, en todas partes desde que llego.
La culpa no eran esos centavos que gasto en su ambición, la culpa era por recaer ante la adicción que la llevo a la perdición alguna que otra vez; alguna que otra vez mas de las que podía contar con sus dedos.
Todo esto no le importaba. Desconocía su profundidad, desconocía si a lo largo iba a tener que mentir. No le importaba.
Recostó su cuerpo sobre el sillón así él podría con el musculo del interior de su boca llegar a darle placer. Concentrando su deseo en, este momento, en el que sus piernas se cerraban por la inercia. Se esforzaba por mantenerlas en v, en calma, relajar sus glúteos que automáticamente friccionaban contra el paño.
Lo detuvo: sostuvo su frente y lo miro a la cara, busco fijar su vista en sus ojos y le pidió que pare. No se podía contener. Olfateaba el pecado pasando por allí, este le tocaba por atrás la espalda y le susurraba, al oído, que prosiga.
Arrepintiéndose por tomar estas decisiones, y gozándolo, sintió culpa. Pero no pudo parar. Tenía que seguir el proceso de terminar, para terminar, acabar con él. En su interior, para siempre, debía parar. No lloro, pero tuvo ganas de hacerlo. Se sentía sucia. Se sentía destinada a perder todo lo que alguna vez había deseado para su futuro, perderlo con estos cinco minutos de placer. Pensaba que nunca iba a curarse, que no iba a sanar esta adicción por mas rehabilitación que tenga, por más de los procesos que conllevaban estar donde estaba.
Pero estaba ahí… arriba de él nuevamente, rozando con sus pezones erizados, y no solo por el frio, el pecho de este. Y se sentía bien, nuevamente, el pecado había ganado. La lujuria, la carne, el deseo…
Bajo sobre las rodillas de este, acerco su rostro a sus zonas intimas, y concluyo con el final. Después de mostrar su entusiasmo por hacerlo merecedor de sus labios, espero ansiosa su gemido final.
Trago la toxicidad del pecado. Tragó porque creyó que la angustia intrínseca que le generaba este acto iba a calmar, que esta droga por la cual se envicio iba a ser la misma que podría llegar a llenar el revoltijo de sensaciones que tenía en su estómago. Esta droga, la peor, la que había generado tal adicción.
Su recuperación fue un instante. Con él –de él-. Nunca había podido recuperarse en totalidad. Su fingir se había convertido en una receta diaria, la que no dejaba de mantener, la que no quería dejar de seguir a raja tabla. La que por más que todas las demás visiones no le dieran el consentimiento necesitaba cumplir. Necesitaba apagar el vicio, consumiendo del mismo. Su deseo era la satisfacción de esa necesidad, la carencia -su carencia.
De pronto sintió que alguien le hablaba a su lado y escucho la música, vio los colores que había en el ambiente, reconoció el alrededor, y miro sus manos; conto sus dedos, se hizo presente en que había caído nuevamente en una falsa ilusión. En un sueño vívido donde el pecado la seguía, donde ella acataba sus órdenes, y se dejaba vencer. Pero la realidad volvía en todo su esplendor. La realidad le dio esa oxigenación que la hizo sentir ser parte de sus pies, posicionarse, darse cuenta de que era su mente, la que, con esquizofrenia, dimensiono.
Se retiró temprano, se fue a dormir. Se despidió