Me desperté con más de un millón de fantasmas en la cabeza. Mi cuerpo pasaba factura de las noches en que no pude contener mi yo roto, con despecho. Intente, diligente y tenazmente, acomodar en fila -o quizás en pirámide- estas sensaciones que cambian las reglas del juego.
Dentro de las cuatro semanas, volvía a ser el día número siete, y cuan lujosos se sentían éstos en la cama: pensando en vos, tocando mi ser por vos.
Mi yo íntegro, no paraba la avidez de caer con vos. Toda mi totalidad pronosticaba este insufrible sentir. Sí, te escogía por lo bueno ante lo malo de mi propia razón. Si todo siempre fue inexplicable.
Noches compulsivas, mañanas depresivas, tardes de terapia, nada se arreglaba... y esta vez, la culpa era mía. Tal vez porque la culpa, realmente, siempre fue mía. Tuve la posibilidad de racionalizar mis sentimientos y apartarlos, pero inclusive con todo pronóstico en contra, te seguía buscando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario