Una sola tarde me hizo el amor, fue la primera
vez que demostró una pizca de afecto. No me ocurría hace tiempo lo de
encontrarme en este estado; el de sentirme tan sobreexcitado. Me encontraba así
porque Eva había accedido a mi propuesta sin poner esa cara de obligación –la que
solía poner cuando no podía decir no. Dijo sí, sin peros, sin las miles de
excusas que salían de su boca cuando, yo, intentaba acercarme más. Esa tarde me
sentí desamparado. Me sentí en desamparo cuando después de nuestro encuentro intentó
susurrar algo entre dientes que no trascendió, cuando al irse cerró la puerta con
fuerza pero al límite, y no se despidió. Ese atardecer logró implantar en mí
una angustia, tan grande, que oprimió mis sesos como si fueran a dañarse, encogerse,
fenecer. No tuve estrategias. No pude comportarme como valiente porque lo entendí
mucho tiempo después de que sucediera. A mí nunca me salía eso de tratar de
robar su libertad, de implantar mis pensamientos en su cabeza. No quería corromperla
de ningún modo. Ella para mí, seria eternamente esa pequeña señorita: la que
uno de los días más fríos del año observo con ojos de amor a una pareja, en un café;
la pequeña que, cuando dejaba de ser pequeña, entraba a un bar de mala racha a
las diecinueve horas y cometía los peores actos de diantre; los actos más inmundos
de su ser. No tuve ideas de cómo lograr que mi boca reprodujera las letras que
formaban ésta maldita oración, o ¿plegaria? para que no se marchara.
Esa tarde me encontraba sobreexcitado. Ella subió
las escaleras con atención, prestándole el adecuado cuidado a cada paso que
daba. Era como si pidiera permiso con cada uno de los movimientos de sus caderas. Fue
despacio. Mantuvo la calma. La sentí diferente, empero, no esperaba lo sucedido
en esa habitación...
Después de sentarse en la cama y quedarse en silencio por
algunos minutos, acomodo mi cuerpo con cuidado y beso cada parte de mí como si
me cortejara de verdad. Me acaricio dócilmente. Me tomo delicadamente. No llego
a besar mi frente y, sin embargo, si beso mi corazón que estaba siendo
desgarrado por una boca que no suspendía
su camino. Detrás de mi, comenzó por masajear cada musculo de mi espalada, fue recorriéndolos sin ser excluyente con ninguno. Retrocedió de su posición inicial para
dirigirse hacia abajo, a mis piernas, y cuando parecía que cesaba prosiguió con mis pies mientras yo
me encontraba disfrutando boca abajo. Cruzó por un costado hacia la cabecera, giró
mi cuerpo, y coloco mi cabeza entre sus piernas, en aquel momento fue cuando volvió
a hacerlo, cuando volvió a masajear mi cuello, cuando luego debilito con los círculos que
formaban sus dedos en mi rostro cada tensión retenida, cada emoción contenida.
Todo el rencor o enojo que alguna vez había sentido se había evaporado.
La
pequeña señorita desamparaba mis noches, pero ahora, ya no eran nada, no existía
tal sensación de desamparo. Siquiera podía existir algo que sea comparable con
estos diez minutos. Invirtió el polo norte en polo sur, el horizonte dejo de
ser horizonte, pasaba de ser montaña simple a volcánica, manifestándose solo en
ese instante. Fueron los minutos más prodigiosos de toda mi absurda vida. Después
de los masajes volvió a tocarme con amor. Esta vez, con amor, hizo evidente que
su pretensión era la que yo pudiera percibir esta acción como la que utilizaba,
cuando sin verbalizar me pedía que la cogiera. Pero, contrariamente, no me
dejo hacerlo. Esta vez no me ordenó, no rebusco en la forma bestial. Se acomodó
sobre mí siendo totalmente cuidadosa con cada movimiento que su cuerpo perpetraba,
y aunque de perpetrar se trate, no se sintió un crimen cuando estuvo sobre mí, apoyo
su pecho contra mi cara, y luego, tomando mas distancia, me rodeo con sus dos manos por detrás de la nuca con ternura. No fue
un crimen... se sintió a muerte súbita. Se movió
tan minuciosamente como si yo fuera un cachorro al que no quería lastimar. Me
beso en los labios, dos, o tres -quizás cuatro veces. Me hizo el amor
suavemente. No abrevió, ni trato de hacerlo. Sus caderas llevaban el compás de
un piano que a mis oídos les sonaba cálidamente: notas bajas, suaves,
relajantes. Su pecho se inclinaba sobre el mío con agrado y esmero, se inclinaba
como pidiendo permiso. Yo la amaba hace tiempo, y nunca lo dije. Ella, había
dicho te amo.