Esa tarde se encontraba hamacándose en este sillón de madera que, yo, con ilusiones había instalado con tirantes del techo a la salida de la puerta trasera de la casa de verano, donde pasábamos algunos días. Me había pedido, o como sonó para mi proposición exigido, que lo hiciera. Cuando le surgió esta atracción, lo de un sillón colgante, sentí felicidad. Imagine que por algunos instantes nos pensaba a ambos, nos tenia presente en su mente ahí, en nuestra casa de verano a la que corríamos escapando de la ciudad que nos enloquecía con sus costumbres. Aunque en realidad fueran esas costumbres las que nos hacían querer correr, querer tele-transportarnos por no querernos mas de lo que quisiéramos, de lo que queríamos.
Se hamacaba con esmero como una niña que en pleno descubrimiento se subía a su primer hamaca. Tenia cara de sentirse a gusto, como cuando testeaba esas combinaciones de comidas que nadie cataría. Pensé en lo bella que se veía, y en como me gustaba la elegante forma en que lo hacia. Estaba distraída, con su mirada a lo lejos, posicionando sus ojos al horizonte. Mientras, yo, me carcomía en pensamientos.
La idea de que podía ser mi hija desquiciaba en estas ocasiones mi ya arruinado juicio. Y por mas catastróficos que fueran estos pensamientos, no dejaba de mirarla así. Pese a que no sabia a ciencia cierta como es que la miraba, note que quise mirarla con lujuria, quise que mi designio fuera por el lado de la perversión aunque tuve la dificultad de no lograr hacerlo. Ya no lograba mirarla de esta forma que obligadamente pretendía encaminar. Me estremecía la manera en que todo mi ser se convirtió en inexplicable cuando se trataba de ella. Quizás lo que me asustaba no era verla como lo que podría haber sido, un engendro de mi propia genética. Eso asustaba pero por el contrario, al verla así, me demostraba la fragilidad que sentía por ella.
Me venció. Pero ya no quería acceder a sus suplicas, mas no podía dañarla. Aun cuando para ella ese dolor significara el gesto de amor que necesitaba generar para sentirse querida. Y todo porque yo si la quería. No se si de la manera correcta del deber porque ¿Qué es lo correcto? Si no comprendía siquiera si era amor, lujuria, obsesión, algún deseo real u otro trauma encubierto. Ahora bien... ¿Era amor? Nunca pude responderme esa pregunta recurrente, quizás la respuesta no me interesaba, o quizás nunca fui tan fuerte para aceptarla.
Me sentía arrepentido de cada una de las veces que la había fustigado, inclusive esto hizo que no vuelva a consentir ninguno de sus deseos sexuales, porque aunque como evidencie que a ella no la dañaban, a mi, me hería en lo mas recóndito.
En verdad quería amarla, pero para no distar su presencia debía mantenerme fuerte en este sometimiento de no expresarlo. No dejaba que la quiera bien. No quise quererla entonces. No jugué mas.
Me destrozó el cariño, me volvió una bestia despiadada que cuando buscaba cumplir mis equivocados deseos -sus deseos- terminaba por conseguir que deba enfrentarme, cada vez mas, con mi ser psicópata; este ser que antes de ella no sabia que guardaba.
Ella se empeño, termino por lograrlo, hizo salir a flote mi desquiciamiento en el tiempo que vino hacia mi en beneficio de su propio desprecio. Su desprecio concluyo con mi propio desprecio, por consecuencia, termine por despreciarnos a los dos.
Imagino, y aunque deseo me haya engañado también en esto de pensar, que nunca se quiso de verdad.
Ya por mi lado y con el transcurso del tiempo, comencé a sentir asco de mi manera de ser: una animalia. Desde ese día, no volví a verla, y desde entonces... preferí quedarme con este magnifico recuerdo: Ella, hamacándose como una niña a la que le estremece el viento en la cara, cuando el viento destapando devotamente su vestido, la demostraba queriéndose bien al fin.
Espero que puedan llevar su imaginación a los lugares menos o mas pensados, y no se limiten sobre ningún rincón.
domingo, 2 de octubre de 2022
Verano
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Excelente... imaginación.. transportación de la escritora👌
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