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Necesitaba descargar todo lo que sentía, porque sabia que sino la iba a consumir. Era un cigarro prendido, dejado sobre un objeto base. Podría estar en cualquier lugar: en la mesa, en el baño, en la cocina, en un cenicero... y de igual forma iba a consumirse prendido, y no sobre unos labios. Olvidada, dejada por algo quizás -ojala y me equivoque- menos importante.
Y aunque no deba condenarla haciendo alusión a ser menos que eso, quisiera comparar (y bien saben que no soy de "esos") porque una cosa es ser cigarro y ser dejado sobre un cenicero como Dios manda, y otra muy contradictoria; es dejar ese vicio que nos combina, que nos acompaña en soledad; en una taza de vidrio; sucia, con ceniza vieja, y pedazos de manzana olvidados.
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