Mi cuerpo me ha hecho sentir tantas cosas que ni mi propia cabeza llego a
soportar. Mi sexo abrió puertas que no pude cerrar.
Mi cuerpo domina mi mente, mi cuerpo destroza mi razón. El morbo encuentra
huecos para entrar, y genera el instante en donde todo desaparece para ser calor, para ser hormonas encarcelándome. Una obligación a la renuncia de pensar.
00:53hs
Ya es viernes. No hace frio. Lo espero con ansias. Acá lo único frio es tener que escribir con mis dedos la historia que está creando mi mente, cuando con recuerdos logra que en mi segregue la hormona de la dopamina. Cuando pasando las cero me encuentro en mi cama con algunas imágenes apuñaladoras. Mejor sería si no tuviera los recuerdos, porque sería mejor instaurar uno nuevo. Pero existe esa cama, esa que mi cuerpo ansia tanto.
Una cama, una simple cama en medio de una
habitación. Una habitación de cuatro paredes, paredes que pretendían resguardar
aquellos gemidos. Gemidos de una boca que a la vez susurraba un <<que rico>>. Unos
labios que besaban aquella piel. Piel donde afloraba la transpiración. Una mente hipnotizada de tanto placer. Un placer
generándose en un punto clave, punto clave que, cuando era destapado, no dejaba
de hacer llover. Yo llovía arriba,
abajo, encima. Arriba de sus piernas; por debajo de mis glúteos; por encima de
su pecho.
Dos mentes retorcidas. Dos extremidades deseándose.
Dos dedos que buscaban mi boca, dedos que se conducen como pinceles. Pinceles
que van cargados de pintura. Pintura que
es esparcida con sus tres dedos restantes. Pintura que pintaba mis labios. Sus manos
tocaban mi carne y mis átomos parecían destruirse. Mi cuerpo era Chernóbil a punto de desatar la catástrofe
más colosal de la historia. Sus manos no dejaban de incitarme a este descuido. Yo
en mi rol de planta nuclear retrasando el disturbio.
El disturbio llegaba. El disturbio
siempre encontraba lugar; tarde o temprano ganaba. Era insoportable sentir como
solo se tomaba su tiempo; este tiempo contado secuencialmente. Su búsqueda
retorcidamente era encontrar ese momento seguro. Seguro para él, destructivo
para todo lo demás. Con un descuido mío, acertaba ese momento. Se tornaba inequívoco el minuto para dejarme
en coma. Como el agua y el fuego batiéndose a duelo. Una guerra que desataba
infiernos y tsunamis. Fuego en el interior, mareas en las superficies.
La boca era utilizada en conjunto, para
recorrerme con su lengua, morderme con sus dientes. Yo no podía usar las
cuerdas vocales para gritar porque la vocalización copulatoria equiparaba todo,
esto a causa de que ser fémina me condenaba a los jadeos.
Ahora era el momento de la almohada, esta
entraba como si fuera posición del Kama Sutra. Formaba parte ya que era atrapada
con mis dedos; era penetrada con mi cabeza, mojada con mi saliva. Allí era
cuando me imponía la posición de rezo, con la suerte de que las plegarias eran
respondidas instantáneamente. La cadera empezaba a elevarse formando una
columna vertebral de más centímetros. Su empuje constante pero riguroso iba profundizándose,
era tan profundo que dejaba de ser constante. Dejaba de ser constante porque
comenzaba a variar. Y era tan variable
que terminaba sacando esta contención que generaba la almohada. Afuera la
almohada. Arriba mi cuerpo del suyo.
Las plegarias esbozaban que rasguñe mi
espalda, que me jale del cabello, con fuerza o sin, sin límites por favor. Que use
sus manos en combinación, las dos apretándome debajo de las costillas, donde la
cintura se sienta bien.
Los escenarios son, ahora, donde la luz
principal se posiciona en mojarme más, pero siendo solo el comienzo. Mis genitales
le hablan por mí. En mi último intento les ordeno y ruego que paren, pero que si
se detienen sea solo para volver a iniciar. Ya sintiendo el fuego en alguna
parte que no comprendo para señalar voy mutando, convirtiéndome con la
metamorfosis. Mi cuerpo sintiendo llamas que van bajando, punzando desde mi
interior con este fuego, fuego y electricidad. Electricidad que no deja de progresar,
y que con un poco de más voltios terminaría conmigo en ese, contenido pero
conseguido, grito. Grito que al final triunfa. Desenlace donde mi electrificado
yoni propicia el desmayo.
Él era mi Dios, porque gobernaba todos
mis sentidos.