sábado, 28 de febrero de 2026

Nothing compares

Primero sentí pena por mí, por haber accedido a encontrarnos -me perdí por un buen rato-,  pero luego de escucharte hablar desde la tristeza con tanto rechazo y liviandad sobre las elecciones que habías tomado, me apiadé de vos. Es que ha pasado una eternidad. Me dejaste pensando y con mucha ansiedad. Imagínate en mi mente desequilibrada como resonó cada palabra que expresaste, y en como sentía de querer cuidarte –nuevamente-.
No vengo a hablar de la desdicha igualmente. ¿El obstáculo? Es que soy tan inconformista y eso me enoja tanto –aunque no quiera admitirlo-, que me cuesta inclusive tomarlo en cuenta. Miro por la ventana y trato de sentirme cómodo con la idea que, acontece y hace, que me encuentre sentado aquí tratando de explicarme como me concibo. Simplemente cuando no sé, o me irrumpen sensaciones bipolares, busco expresarme con las manos. No deseo que la rutina de hacer lo que me apasiona venga trasformada en tornado cuando de una tristeza se trate, pero como yo no lo elijo ¿Cómo podría quejarme?
Me pasa que me siento atajado por algo, y tan chico como si fuera a evaporarme. Podría concluir que es porque lo que no entendemos nos angustia, acompañado de que el pensar nos preocupa; nos vuelve un poco esquizofrénicos, y vivir entre emoción y raciocino desde el inicio, no tiene final.
Días atrás leía mis agendas y me encontré con una frase que al día de hoy sigo adhiriendo –aunque no con la practica-, una frase que escribí y dice: “Alguien que se entrega sin medida, está entendiendo que no hay límites para el amor”. Y ahora recalculo… ¿No será el limite el dolor? ¿No tendría que serlo?  Así y todo, no deja de doler.  Es como si se me desasiera todo, ese “todo” que irónicamente en realidad no existe, pero que sigue doliendo como cuando dolías.
Deduzco que las cosas asustan porque no las entendemos. ¿Saben que es lo peor? Que me he jactado de mis años de terapia como si hubiera aprendido realmente la lección, como si en los momentos donde entran los pingos a la cancha no mirara para otro lado y volviera a cobijarme en el ignorante que me suele quedar cómodo ser. Y acá es cuando me enojo. ¿Qué diría Martin de mis últimas malas decisiones después de haber dejado la terapia repentinamente? Lo imagino mirándome desde su silla, mientras yo medio recostado con cara de inocente me preparo para recibir el zarpazo. Que diría éste después de que lo mirase a los ojos y le dijera que, de su último análisis y recomendación, no aprendí nada. No solo no aprendí… terminé recayendo. Ojalá, y Martin nunca lea esto.
“Martin, no sos vos, soy yo”, diría un hipócrita que no puede hablar con la verdad. ¿Sabes que Martin? Hasta te culpe en varias ocasiones por abrirme los ojos y hacerme ver esos pingos. No digo que no haya servido de nada porque claramente… no tendría que haber abandonado la terapia. Te cuento -ya que no tuvimos más sesiones-, que me acorde de vos, justamente por esa última recomendación que me diste en la época de mis crisis. Me atrevo a decir que soy consciente de que me comprenderías –inclusive- pero en esta consciencia no dejo de culparte y de culpar mis impulsos de “intentar” elegir lo que era objetivamente bueno para mí. Te prometo que dolorosamente razono todo, pero ¿Cómo hago Martin? ¿Cómo hago si no deja de doler? Porque si, este todo al que hago referencia tiene que ver con mis en vanas tentativas en abstenerme de su manipulación. Asombroso como después de todos los medicamentos que incluí en mi dieta diaria para sostener la ansiedad adormecida, este se hiciera resistente y fácilmente la volviera a despertar con un simple “volve ya, te extraño”.
Perdón Martin, nos falle. Estoy profundamente sometido a que me quiebre, que mi debilidad sea el punto de inflexión. Inclusive, míralo desde el lado bueno, nos vemos el miércoles en terapia.

martes, 30 de julio de 2024

Borriedo

Llegue a la conclusión -aunque llego a ser lo que más quise- de que nunca tuve su amor. Solo fui un omnipotente viviendo por dos, y Eva, Eva nunca, siquiera, se dio cuenta de esto. Lo peor es que la envidio. Todavía envidio la libertad de ésta, su cabeza y pensamientos. Siempre admire su forma, esa que en mi diccionario sonaba al «no querer». Era un nudo que se entreteje; sin hilo, sin la parte del tejido, la otredad. Como si mi persona se convirtiera en mi peor enemiga: El yo, simplemente, era el otro... eternamente un tercero. Existían demasiadas profundidades porque la armonía es un mito que va descompensando una situación de conflicto, lo que denominamos comúnmente vivir. El verdadero conflicto, es que lo dividí humildemente en dos, sin prestar atención en sus acciones que, consistían y tendían a alejarse demás. Fue, simplemente, la confusión de mi propia personalidad queriendo encubrir o ganarle, a la de ella; que mientras más demostraba, más se alejaba. Porque eso de ser enemigos existe durante y después, tal vez en algún momento se va, pero esto no lo puedo acreditar.
Eva, se resistía como si yo fuera el peor de los demonios: uno que venía a corromper sus días tranquilos en soledad. Y si, era algo así, porque sin darme cuenta quise hacer de ella, en algunas oportunidades, lo que mi propia piel pedía. Por el contrario, también existió esa parte -quizás obligada, en la que ella intentaba hacer lo mismo, pese a que ella si lo lograba. La misma iba palideciendo algo en mí, lo que todavía genera angustia y sigo sin poder nombrar. Porque el tanto pensar y sobre pensar en las cosas, dio pie a que se sienta como… monotonía. Me dejo carne y huesos, me trajo desvelo, ansiedad, y otros tantos males que iban generándose a medida que el tiempo iba desvaneciéndose.
Después de transcurrir varios meses -casi seis para ser más preciso- me encontraba nuevamente en mi rutina, empero ya procesando de manera diferente las cosas, digamos que… algo más acostumbrado, creyendo firmemente en que mi camino terminaba ahí, siendo el perro malo de la sociedad. Así, viviendo noches sin asombro en las cuales siquiera había vinos de por medio, puesto que con cada gota que bebía, se sumaba una desdicha. Y sucedió, sin más, que una botella se convirtió en media, y media siempre terminaba por ser poco.
En ese presente, ya no incierto, me hallaba arrancando las hojas del calendario. Un descuido, un pestañear, y llego el verano, paso el otoño, sufrí el invierno, y de esta forma transcurrieron mis días: seguí cumpliendo la vida de ratones que me tocaba, el destino que había infelizmente elegido como propia condena. Me había auto condenado a expulsar, echar, dejar de lado a lo único que en realidad despertaba, al menos, un grado de sensaciones nuevas en mí. Es que... no hubiera imaginado nunca un final así. El reinicio a cero de nuestras posibilidades después de habernos dedicado incansables sensaciones. En absoluto pensé que iba lograr alejarla de mí, peor aún, alejarme de ésta por propia decisión. Y todavía pienso en que jamás hubo una posibilidad en realidad, e igualmente vivía con la ilusión de que un día ella despertara de todo y me dijera quédate. Ansiaba por sobre todas las cosas escuchar esas palabras saliendo de su alma, de su pequeño cuerpo, de su íntegra calamidad, ya que las veces en que lo manifesté me tomaba por sorpresa ella, que era la que reproducía esas últimas palabras; el despido, el adiós de la angustiante vida que nos creamos. Y ahora, aun estando en el presente, me encontraba encerrado entre el pasado y el futuro, y ambos, me generaban nostalgia. Ambos me generaban angustia, ambos daban cuenta de que fue así como canalice todo lo que me sucedía en un ser borracho y con miedo ¿Alguna vez escucharon estas dos palabras juntas formando una en conjunto? Porque creo que las inventé. Formé un sentimiento de estas dos palabras, algo así como un borriedo: “un triste borracho con miedos”. Era el único borracho, que, al estarlo, se sentía con miedo. Es que tenía tanto miedo de que las cosas me ahogaran, que muchas veces contrariamente aclamaba por esto. Buscaba ahogarme en ellas, que me terminaran hundiendo. Llevándome en este estado a lo más profundo, donde sentía, o consideraba, pertenecer. No me apetecía de ninguna manera salir a flote, realmente no quería hacerlo. Me había cansado de cada minuto que pasaba, de tener que estar pendiente de que anochezca, de quedarme acostado y no tener porque levantarme. Nadie iba a lograr que me recupere, porque interiormente todo había fenecido. Y, no era idea mía, era mi propia cabeza que devoraba los recuerdos, los llevaba al olvido… hacía que me dé por vencido.
El vino me había dado fortalezas, más de una vez; y así quizás también, lo de poder decir cosas que no eran tan necesarias reproducir, pero al final miedo… miedo no daba nunca.
Pero al presente, era un bebedor compulsivo que llegaba con miedo y bebía, y el miedo seguía allí después de depositar vacía la segunda botella. Estaba en soledad, maldiciendo a alguien que se había ido pero no del todo. Nunca se iría. Quería morirme por dentro, instantánea y espantosamente. Quería morirme con los propios ataques de ira que todo esto desencadenaba; pero no, yo seguía anhelando tenerla en mis brazos. Sabiendo la razón; fui yo mismo quien la había corrido de allí. Jamás iba a volver a dormirla, jamás iba a volver a sentir sus pies fríos sobre mis muslos, jamás… iba a volver a sentir su olor, y eso me aterraba; su olor me aterraba. Había quedado grabado con dilección.
Y así fue que me despedí, siempre con resignación, porque, aunque hubiera querido ser el más fuerte, fui el más débil. Dolió; todo el tiempo dolió, y eso a su vez era lo que hipnotizaba: sus “no” tan marcados, sus miradas no queriendo aceptar, su predisposición a ser todo lo que alguna vez quise; todo lo que alguna vez quise, a sabiendas, de que sería lo que destruya.

viernes, 31 de mayo de 2024

Escenarios paralelos

 
Sabía que podía confundirla. Entendía la cuestión en su total dimensión. Apostaba aun así por más. Fingió que no tenía intenciones de hacerlo, fingió por castigo, por despecho. Fingió por amor.
Hizo que se apresuraren, quería llegar. Varias veces quiso llorar, pero no paro hasta resolverlo.
Su obsesión, sus obsesiones, la limitaban o la excedían. Se desconocía con profundo horror. Había concientizado el que por lujuria podría llegar a hacer cualquier monomanía, también, perderlos a ellos dos. 
Aun escuchaba un wish you were here tarareándose en su cabeza, en sus pálpitos, en todas partes desde que llego.
La culpa no eran esos centavos que gasto en su ambición, la culpa era por recaer ante la adicción que la llevo a la perdición alguna que otra vez; alguna que otra vez mas de las que podía contar con sus dedos.
Todo esto no le importaba. Desconocía su profundidad, desconocía si a lo largo iba a tener que mentir. No le importaba.
 
Aunque la noche era fría, su cuerpo calentaba, se encendía como caldera. En 7 segundos involucro todo su cuerpo y espíritu, en sentir la electricidad de conectarse con él. Sus pensamientos merodearon con la idea de tenerlo cerca.
 
(…) Entonces salió del bar, lo encontró en el sillón. Pregunto: - Si la cámara funcionaba, con la intención de que así fuera. Aunque sus afueras congelaban, su interior quemaba. Saludo, por cordialidad. Estaba nerviosa, aterrada. Beso sus labios –se quiso despedir-.
Recostó su cuerpo sobre el sillón así él podría con el musculo del interior de su boca llegar a darle placer. Concentrando su deseo en, este momento, en el que sus piernas se cerraban por la inercia. Se esforzaba por mantenerlas en v, en calma, relajar sus glúteos que automáticamente friccionaban contra el paño.
Lo detuvo: sostuvo su frente y lo miro a la cara, busco fijar su vista en sus ojos y le pidió que pare. No se podía contener. Olfateaba el pecado pasando por allí, este le tocaba por atrás la espalda y le susurraba, al oído, que prosiga.
Arrepintiéndose por tomar estas decisiones, y gozándolo, sintió culpa. Pero no pudo parar. Tenía que seguir el proceso de terminar, para terminar, acabar con él. En su interior, para siempre, debía parar. No lloro, pero tuvo ganas de hacerlo. Se sentía sucia. Se sentía destinada a perder todo lo que alguna vez había deseado para su futuro, perderlo con estos cinco minutos de placer. Pensaba que nunca iba a curarse, que no iba a sanar esta adicción por mas rehabilitación que tenga, por más de los procesos que conllevaban estar donde estaba.
 Pero estaba ahí… arriba de él nuevamente, rozando con sus pezones erizados, y no solo por el frio, el pecho de este.  Y se sentía bien, nuevamente, el pecado había ganado. La lujuria, la carne, el deseo…
Bajo sobre las rodillas de este, acerco su rostro a sus zonas intimas, y concluyo con el final. Después de mostrar su entusiasmo por hacerlo merecedor de sus labios, espero ansiosa su gemido final.
 Trago la toxicidad del pecado. Tragó porque creyó que la angustia intrínseca que le generaba este acto iba a calmar, que esta droga por la cual se envicio iba a ser la misma que podría llegar a llenar el revoltijo de sensaciones que tenía en su estómago. Esta droga, la peor, la que había generado tal adicción.
Su recuperación fue un instante. Con él –de él-. Nunca había podido recuperarse en totalidad. Su fingir se había convertido en una receta diaria, la que no dejaba de mantener, la que no quería dejar de seguir a raja tabla. La que por más que todas las demás visiones no le dieran el consentimiento necesitaba cumplir. Necesitaba apagar el vicio, consumiendo del mismo. Su deseo era la satisfacción de esa necesidad, la carencia -su carencia.
De pronto sintió que alguien le hablaba a su lado y escucho la música, vio los colores que había en el ambiente, reconoció el alrededor, y miro sus manos; conto sus dedos, se hizo presente en que había caído nuevamente en una falsa ilusión. En un sueño vívido donde el pecado la seguía, donde ella acataba sus órdenes, y se dejaba vencer. Pero la realidad volvía en todo su esplendor. La realidad le dio esa oxigenación que la hizo sentir ser parte de sus pies, posicionarse, darse cuenta de que era su mente, la que, con esquizofrenia, dimensiono.
Se retiró temprano, se fue a dormir. Se despidió

martes, 28 de mayo de 2024

Pero el que comete adulterio es falto

 Se me indignaron los ojos, se enojaron después de haberlos hecho ver tanto horror junto. 


Otra vez dije no, con liviandad y como si fuera la palabra más fácil de aceptar. Dije no, con la falta de sesos que tenía. Dije no, casi insultantemente, cuando la empatía no entra en juego. Dije que no, aunque la malcriadez y el capricho no se encuentren en tu diccionario. 
Fuiste más fuerte que mi propio vicio. Ni mi narcicismo y egoísmo fueron vencedores en esa competencia, ya que en mi posición contraria a la tuya, vivía perdiendo. Mi yo fue insignificante; pensar en mi quedo sin lugar en la escala del egocentrismo. Si decirte adiós no hizo falta porque ni siquiera me habías dado la posibilidad. De nuevo hubo un hasta luego, pero sin el vuelva pronto. 
Convengamos que te había dejado ganar sin darle la importancia porque, en realidad, nunca fue una competencia donde yo haya intentado ganar. Contigo me faltaba todo.
Hoy aquí, sintiéndome de otra manera, idealizando lo que parece ser bueno, queriendo dejar atrás todo... sigo con la misma idea, fija, que me enloquece: pensar en que quiero perder. Perder contra mi cabeza o cuerpo que me inclinan hacia vos. Aunque para ser sincero... no fui buen contrincante desde ningún punto, porque no solo hice trampa, realmente nunca quise que pierdas. Me gusto que ganes, hasta llegar al punto de perder la cordura completamente. Considero que ahora si escuche el sonido del no va más que finaliza las posibilidades en la ruleta, aunque todavía le apueste una ficha, a pesar de haberme prohibido el acceso en la puerta de entrada. Ya no existe la buena fortuna para mí, empero eternamente voy a esperar ese vuelva pronto.


lunes, 6 de mayo de 2024

Caballito

 
Sentí que algo en mi iba a estallar. Sentí que se desgarraba cada fibra de este angustiado corazón. Sentí, sentí, y sentir nuevamente. Necesitaba sentir. Extrañaba sentir –dejarme hacerlo. Sentía esta angustia incomparable, como él… incomparable. Sentía que le había fallado. Y no eran esas fallas que podemos reparar. No había retorno. Sentí lo que era una verdadera falla, ya que como dije “no había retorno”.
En los recónditos su in-presencia era innegable. Indescriptible el sentir. 
De golpe me encontraba entre sus recuerdos con lágrimas que empapaban mis mejillas por su falaz ausencia. Su recuerdo hacia ver esta falsa ausencia. Ahí –acá, a donde más dolía, se encontraba. Ahí donde lo que más dolía era la falta que me hacía no poder ver su rutina, no poder ser parte de su rutina; donde poner a calentar el agua se abrazaba a todo lo que alguna vez tocaron sus manos. Acá donde la estructura, y los colores cambiaron, donde aun así los detalles persistieron. No pudieron dejarse atrás. Su aroma no falleció. Sus pasos seguían dentro de estas paredes, seguían por toda la casa.
Me había vomitado, literalmente, la cruda realidad. Por primera vez, en mi vida –en estos cincuenta y tantos años, comprendía el duelo. Creía comenzar a comprenderlo.
Las lágrimas no consolaban, solo acompañaban un tanto mi sentir. Me perseguían sus caras en el último brindis. En este momento sus palabras resonaban más que nunca. Mi angustia por sentir que seguía fallándole. Mi angustia por sentir que habían quedado mudas las veces que hubiera dicho cuán importante fue en mi vida, cuán importante seguía siendo. Como su barita de la moral me jodió el corazón, como siendo lejano era lo más cercano, como una coraza se desvanece por amor, como hay que perder el orgullo, como no sirve ser mala persona, como los hechos valen más que un sinnúmero de promesas, como no corromperse, como ser lo más auténtico y, ahí sí demostrar orgullo; como el whisky y el vino no se mezclan.
Quisiera agradecerle, pero también me enseño el dolor de las no-despedidas. Cuanto escapamos de despedirnos; cuan estúpidos podemos ser.

sábado, 4 de mayo de 2024

Sanando el efecto mariposa

Cuanto dolor trajiste a mi hogar;
no solo para adentro, igualmente para afuera.
En esta vida prometo hacer justicia con lo que dejaste.
 
Mirarme al espejo y ser tu facsímil;
ese reflejo toca mucho más las entrañas que mi propio ser.
 
No encuentro consuelo;
por eso Dios me guía,
conecta mi ser con el colosal universo.
Aunque me corrompa en el camino,
aunque desgarre con cada maquinal lo poco que queda de mí,
todo lo que tengo para dar.
 
Quitaste,
dañaste,
y seguiste adelante.
 
Ojalá algún día te encuentres con vos mismo,
por ahí,
y te entregues a Dios.
Ojalá tus otros hijos,
 no hayan sufrido como nosotros.
 
De corazón espero,
 te hayas controlado,
obligado a parar.
Y como Dios es justo,
 hará justicia.

jueves, 25 de abril de 2024

Pronóstico en proa

Me desperté con más de un millón de fantasmas en la cabeza. Mi cuerpo pasaba factura de las noches en que no pude contener mi yo roto, con despecho. Intente, diligente y tenazmente, acomodar en fila -o quizás en pirámide- estas sensaciones que cambian las reglas del juego. 
Dentro de las cuatro semanas, volvía a ser el día número siete, y cuan lujosos se sentían éstos en la cama: pensando en vos, tocando mi ser por vos. 
Mi yo íntegro, no paraba la avidez de caer con vos. Toda mi totalidad pronosticaba este insufrible sentir. Sí, te escogía por lo bueno ante lo malo de mi propia razón. Si todo siempre fue inexplicable.
Noches compulsivas, mañanas depresivas, tardes de terapia, nada se arreglaba... y esta vez, la culpa era mía. Tal vez porque la culpa, realmente, siempre fue mía. Tuve la posibilidad de racionalizar mis sentimientos y apartarlos, pero inclusive con todo pronóstico en contra, te seguía buscando.

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