Se me indignaron los ojos, se enojaron después de haberlos hecho ver tanto horror junto.
Otra vez dije no, con liviandad y como si fuera la palabra más fácil de aceptar. Dije no, con la falta de sesos que tenía. Dije no, casi insultantemente, cuando la empatía no entra en juego. Dije que no, aunque la malcriadez y el capricho no se encuentren en tu diccionario.
Hoy aquí, sintiéndome de otra manera, idealizando lo que parece ser bueno, queriendo dejar atrás todo... sigo con la misma idea, fija, que me enloquece: pensar en que quiero perder. Perder contra mi cabeza o cuerpo que me inclinan hacia vos. Aunque para ser sincero... no fui buen contrincante desde ningún punto, porque no solo hice trampa, realmente nunca quise que pierdas. Me gusto que ganes, hasta llegar al punto de perder la cordura completamente. Considero que ahora si escuche el sonido del no va más que finaliza las posibilidades en la ruleta, aunque todavía le apueste una ficha, a pesar de haberme prohibido el acceso en la puerta de entrada. Ya no existe la buena fortuna para mí, empero eternamente voy a esperar ese vuelva pronto.