Sentí que algo en mi iba a estallar. Sentí que se desgarraba cada fibra de este angustiado corazón. Sentí, sentí, y sentir nuevamente. Necesitaba sentir. Extrañaba sentir –dejarme hacerlo. Sentía esta angustia incomparable, como él… incomparable. Sentía que le había fallado. Y no eran esas fallas que podemos reparar. No había retorno. Sentí lo que era una verdadera falla, ya que como dije “no había retorno”.
En los recónditos su in-presencia era innegable. Indescriptible el sentir.
Me había vomitado, literalmente, la cruda realidad. Por primera vez, en mi vida –en estos cincuenta y tantos años, comprendía el duelo. Creía comenzar a comprenderlo.
Las lágrimas no consolaban, solo acompañaban un tanto mi sentir. Me perseguían sus caras en el último brindis. En este momento sus palabras resonaban más que nunca. Mi angustia por sentir que seguía fallándole. Mi angustia por sentir que habían quedado mudas las veces que hubiera dicho cuán importante fue en mi vida, cuán importante seguía siendo. Como su barita de la moral me jodió el corazón, como siendo lejano era lo más cercano, como una coraza se desvanece por amor, como hay que perder el orgullo, como no sirve ser mala persona, como los hechos valen más que un sinnúmero de promesas, como no corromperse, como ser lo más auténtico y, ahí sí demostrar orgullo; como el whisky y el vino no se mezclan.
Quisiera agradecerle, pero también me enseño el dolor de las no-despedidas. Cuanto escapamos de despedirnos; cuan estúpidos podemos ser.