Estabas en mis manos otra vez.
Recordaba como tus dedos se marcaban en mis glúteos después de pedirte con
ansias, y sin pena alguna, que repitas el golpe una y otra vez. Aunque
quisiera, nada dolía mientras te pensaba. Mis pezones comenzaban a exigirte. Quería volver a poder exigir que te desvistas lentamente cuando toda mi ropa interior
ya se encontraba lubricada. Codiciaba sacarte
la ropa con desquicio, que está ya no se encuentre puesta era la fantasía a la
que recurría mi mente todo ese tiempo en que mis manos comenzaban a imitar estas
imágenes que se creaban cuando el cuerpo empezaba a encenderse.
Percibir que estaba lubricada era
solo la iniciación. El cuerpo seguía este ritual, el cual no conseguía
procrastinar. No podía, porque era ahí cuando mi mente lograba ponerte la piel
al descubierto, y el cuerpo solo se tumbaba en el lugar que estuviera sin poder
contenerse. No importaba el paisaje que mis ojos estuvieran viendo, solo
importaban esas escenas sensoriales que mi cerebro creaba. Notaba el frio en
mis pies y lo sudorosa que podía volverme, estiraba mi cabello para sentirte
completamente, dejaba que mi temperatura se elevara al máximo para pasar al
siguiente paso. No estaba estructurado, pero de
alguna forma el cuerpo me lo indicaba. Las imágenes iban y venían, los sonidos
de estos pensamientos se podían escuchar tan reales como tenerte
reproduciéndolos. Quería, entre pensamientos, arrodillarme
y con mi lengua reconocer tu pelvis otra vez. Seguía el mapa de tu cuerpo con
exactitud mientras pasaba mi mano derecha por mi entrepierna, mientras con la
restante apretaba uno de mis pechos con la fuerza que lo habrías hecho. Que
ganas de que te vuelvas real, de que estés en carne y hueso detrás de mí.
No quise terminar sin sentir tu
penetración, algo que no podía sustituir ni con las millones de imágenes que
pudiera lograr generar. Pero no iba desistir. No podía escapar de mi mente sin lograr
su cometido final. Mi cuerpo giraba y se retorcía, se hamacaba
en mi mano sin prisa, condenándome a precipitar el final.
¿Cómo no ibas a dolerme? si todo mi
cuerpo te clamaba con el mismo dolor, si cada vez que lograba llegar al éxtasis
eras en lo que pensaba. Pero habías decidido robarme hasta los recuerdos -o querías
hacerlo-. No me demandes después de ser vos
quien me daba con golpes lo que pedía. Tus dedos se marcaban en mis glúteos, y
para mí no había mejor placer que ese.
Espero que puedan llevar su imaginación a los lugares menos o mas pensados, y no se limiten sobre ningún rincón.
miércoles, 27 de julio de 2022
No me demandes por daños y perjuicios
domingo, 24 de julio de 2022
Zapatos de soledad
sábado, 23 de julio de 2022
Eva
Hoy cuando me dirigía a verla, me hallaba enojado. Pensaba realmente en qué era lo que me gustaba de tenerla cerca. Sabía que el problema no era tenerla cerca, sino distante, y quizás el enojo era por sentirme tan privilegiado por momentos de poder estar ahí de vez en cuando, pero siendo consciente de que el papel que jugaba la distancia iba a ser eterno. Estaba en protesta conmigo mismo. Quería hacerle piquete a la magia que ella me generaba cuando con su cuerpo me ordenaba. Era amargo el recordar cuando antiguamente ansiosamente esperaba el momento en que con mis virtudes, lograba que sus gestos fueran de un extremo al otro. Odiaba todo de ella; odiaba como con su inteligencia parecía comprenderlo todo al cien por ciento. Mientras yo, iba dándole tiempo al tiempo, para beneficiarme con su fervor.
Pobre de mí que le hablaba al oído; pobre de mí cuando la agarraba por la cintura con fuerza, pero sin querer dañarla. Pobre de mí, porque aunque intentara sobremanera apretarla solo en la justa proporción, ella en dos segundos pedía que me excediera; y yo -creyéndome pobre, no llegaba a ser ese alguien que la contrariara ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a llevarle la contraria? Si nuevamente cuando la poseía, me admiraba solo de notar como pasaba de calma a intensa. Cuando a las trece, nos encontrábamos en la quince, con la puerta trabada y el aire encendido.
A mi edad he tenido el agrado, o la suerte, de haber tocado muchos cuerpos, de haber visto muchas caras en situaciones similares, pero ninguna como la de Eva. No puedo explicarles la causa porque simplemente si pudiera poner en palabras su gesto no estaría otra vez, en nuestro mismo lugar. Tal como su nombre la describe, era una tentación de mujer. Era una invitación, o tal vez mi obligación, a pecar. En alguna que otra ocasión, y bajo ciertas circunstancias, me invitaba a residir en su cuerpo ¿Cómo un ser tan angelical podía hacerme caer en pecado otra vez? ¿Provocarme así, generar esa la intensidad por tenerla? Eva lograba que mi cuerpo desesperadamente quisiera comer del fruto que se encontraba en medio del huerto. Esto, indiscutiblemente, generaba la pequeña señorita, hacía que me sintiera un fracaso como el propio Adán. Y ante mi propio fracaso, ella lograba su resultado. Me convertía como producto de su tentación, en un ser vulnerable a cumplirle. No había remedio de por medio, porque hasta mi mente pasaba a ser la serpiente. Y aunque en todo momento ésta me recalcaba que -comiendo del fruto no iba a morir- yo sabía que luego de este acto, con mis ojos una vez abiertos, conocería el bien y el mal. Un mal al que no quería volver, pero del que tampoco podía escapar.
miércoles, 20 de julio de 2022
El bar de la señorita
lunes, 18 de julio de 2022
El juego del saxo
Venían deseándose desde el bar. Se habían mirado en algún momento como sabiendo que buscaban el mismo desenlace. Tuvieron algunos roces. No compartieron palabras, pero sabían que se irían juntos.
Ella le dijo para irse, y él… bajo las escaleras. Escaparon
del lugar directamente al estacionamiento. Abrieron las puertas y acomodaron
los sillones. Si algo se complicó fue solo para darle inicio al momento. Ahora
el escenario era un auto, sobre una calle oscura, en medio de la ciudad. La
ropa de ella, ya no se encontraba tapando su cuerpo. No hicieron falta las
palabras en ningún momento porque todo instantáneamente se tornó a lo tántrico. Después
del reconocimiento previo, se gustaron. A ella la motivaba: lo pervertido, lo
indisimulado. Sabía que quería el jugo de él en cualquiera de sus partes. A él,
se lo veía decidido. Estaba predispuesto esa noche para dárselo. Darle esto que
ella ansiaba y le pedía con su cuerpo.
Accedieron mutuamente a los gemidos, sin pedir permiso,
sin dejar de prestar atención en el otro. Cada cual se posicionaba para dejarse
complacer. Porque cuando el cuerpo se posiciona naturalmente, las palabras no
son reproducidas. Entonces escalas de sinfonías fueron sintonizadas, los volúmenes
se volvieron armónicos, las pieles se fundieron con el mismo aroma. Un aroma
reconocido por ambos. Se amoldaron a la incomodidad de un reducido espacio y lo
supieron aprovechar, ya que con una buena posición, lo demás, se dimensiono
para coordinar el acto.
Ya ella de espaldas, encima de él, acomodo sus piernas
para lograr el cometido. Al final nada costaba.
El mejor de los rituales era ahora su figura ya ensamblaba con la de él, dándole
lugar a sus movimientos de caderas. Ella, como contorsionista, preparaba el
siguiente escenario. Si bien estaba apresurada para encontrarse con él en el
orgasmo, no obstante quería tomárselo con calma. Esta vez la ansiedad no iba a
ganarle al sentir.
Con su danza fue persiguiendo ese fin, pero con total calma,
disfrutando de la situación que le generaba sentir su pene dentro. Siguió actuando
conforme a su anatomía, y lo que esta le pedía. Paso de contorsionista a ser su
bailarina. Ella creaba los escenarios, y con su baile lo mantenía en órbita a él.
Este escenario en donde la entrada no se cobraba, solo se agradecía.
Para ella esto era el juego del saxo. Que quizás más que
un juego es el sonido que transcurre en su cabeza. Un saxo sonando. Su melodía la
lleva, la enciende, para seguir con su accionar. Este saxo que suena según sus
deseos, dejando a libre albedrio lo siguiente. Todos sus caprichos estaban
siendo cumplidos de la mejor manera posible. Él se dejaba cabalgar, sin quejas
y sin preguntas, solo gozaba del momento en donde ni las pequeñas luces que
llegaban a alumbrarlos importunaba.
Después de algún que otro orgasmo vaginal; ella, mientras
él la penetraba por detrás, frotaba con dos de sus dedos derechos, la terminación
nerviosa donde era acumulado todo su potencial, donde contenía un insuperable y
diferente orgasmo final. El, se encontraba en el mismo momento. Donde el
cuerpo sale de su cotidianeidad para explotar en otro estado. No estaban
cansados, solo querían acabar.
Mojo sus dedos. Los volvió a posicionar en su vagina;
frotando adelante y colando los restantes por debajo. El siguió penetrándola,
pero más rápidamente; mientras ella envolvía y empañaba con gemidos los
cristales del auto donde se encontraban. Ni el frio paro este momento en donde
entre cuatro o cinco gemidos finales, le provocaron el clímax. Ambos lo comenzaron, y ambos, con una sincronía, lo terminaron.
domingo, 17 de julio de 2022
No me perdones por nada
Hay personas que no nos merecen, que nos encuentran en un mal momento de nuestras vidas.
viernes, 15 de julio de 2022
Como un Dios
Mi cuerpo me ha hecho sentir tantas cosas que ni mi propia cabeza llego a
soportar. Mi sexo abrió puertas que no pude cerrar.
Mi cuerpo domina mi mente, mi cuerpo destroza mi razón. El morbo encuentra
huecos para entrar, y genera el instante en donde todo desaparece para ser calor, para ser hormonas encarcelándome. Una obligación a la renuncia de pensar.
00:53hs
Ya es viernes. No hace frio. Lo espero con ansias. Acá lo único frio es tener que escribir con mis dedos la historia que está creando mi mente, cuando con recuerdos logra que en mi segregue la hormona de la dopamina. Cuando pasando las cero me encuentro en mi cama con algunas imágenes apuñaladoras. Mejor sería si no tuviera los recuerdos, porque sería mejor instaurar uno nuevo. Pero existe esa cama, esa que mi cuerpo ansia tanto.
Una cama, una simple cama en medio de una
habitación. Una habitación de cuatro paredes, paredes que pretendían resguardar
aquellos gemidos. Gemidos de una boca que a la vez susurraba un <<que rico>>. Unos
labios que besaban aquella piel. Piel donde afloraba la transpiración. Una mente hipnotizada de tanto placer. Un placer
generándose en un punto clave, punto clave que, cuando era destapado, no dejaba
de hacer llover. Yo llovía arriba,
abajo, encima. Arriba de sus piernas; por debajo de mis glúteos; por encima de
su pecho.
Dos mentes retorcidas. Dos extremidades deseándose.
Dos dedos que buscaban mi boca, dedos que se conducen como pinceles. Pinceles
que van cargados de pintura. Pintura que
es esparcida con sus tres dedos restantes. Pintura que pintaba mis labios. Sus manos
tocaban mi carne y mis átomos parecían destruirse. Mi cuerpo era Chernóbil a punto de desatar la catástrofe
más colosal de la historia. Sus manos no dejaban de incitarme a este descuido. Yo
en mi rol de planta nuclear retrasando el disturbio.
El disturbio llegaba. El disturbio
siempre encontraba lugar; tarde o temprano ganaba. Era insoportable sentir como
solo se tomaba su tiempo; este tiempo contado secuencialmente. Su búsqueda
retorcidamente era encontrar ese momento seguro. Seguro para él, destructivo
para todo lo demás. Con un descuido mío, acertaba ese momento. Se tornaba inequívoco el minuto para dejarme
en coma. Como el agua y el fuego batiéndose a duelo. Una guerra que desataba
infiernos y tsunamis. Fuego en el interior, mareas en las superficies.
La boca era utilizada en conjunto, para
recorrerme con su lengua, morderme con sus dientes. Yo no podía usar las
cuerdas vocales para gritar porque la vocalización copulatoria equiparaba todo,
esto a causa de que ser fémina me condenaba a los jadeos.
Ahora era el momento de la almohada, esta
entraba como si fuera posición del Kama Sutra. Formaba parte ya que era atrapada
con mis dedos; era penetrada con mi cabeza, mojada con mi saliva. Allí era
cuando me imponía la posición de rezo, con la suerte de que las plegarias eran
respondidas instantáneamente. La cadera empezaba a elevarse formando una
columna vertebral de más centímetros. Su empuje constante pero riguroso iba profundizándose,
era tan profundo que dejaba de ser constante. Dejaba de ser constante porque
comenzaba a variar. Y era tan variable
que terminaba sacando esta contención que generaba la almohada. Afuera la
almohada. Arriba mi cuerpo del suyo.
Las plegarias esbozaban que rasguñe mi
espalda, que me jale del cabello, con fuerza o sin, sin límites por favor. Que use
sus manos en combinación, las dos apretándome debajo de las costillas, donde la
cintura se sienta bien.
Los escenarios son, ahora, donde la luz
principal se posiciona en mojarme más, pero siendo solo el comienzo. Mis genitales
le hablan por mí. En mi último intento les ordeno y ruego que paren, pero que si
se detienen sea solo para volver a iniciar. Ya sintiendo el fuego en alguna
parte que no comprendo para señalar voy mutando, convirtiéndome con la
metamorfosis. Mi cuerpo sintiendo llamas que van bajando, punzando desde mi
interior con este fuego, fuego y electricidad. Electricidad que no deja de progresar,
y que con un poco de más voltios terminaría conmigo en ese, contenido pero
conseguido, grito. Grito que al final triunfa. Desenlace donde mi electrificado
yoni propicia el desmayo.
Él era mi Dios, porque gobernaba todos
mis sentidos.