miércoles, 20 de julio de 2022

El bar de la señorita

    Conocí a la pequeña señorita después de algunas semanas buscando y recorriendo los lugares donde supuse que podría encontrarla. Observe su andar. La vi en noches, días y tardes. Se notaba que era de las que le gustaba experimentar. Me tome el atrevimiento –porque me cuesta ser ubicado- de perseguirla. Mi perfil no era él de un acosador, porque jamás iba a buscarla para lograr hablarle de mí, o intentar de alguna manera que accediera a conocerme, y mucho menos, obligarla a que quisiera tocarme algún día. Pero si tengo que reconocer que, sigilosamente, camine sus mismas rutas, entre a sus lugares de escape, la mire de lejos...
    Reconocí que no era común ese día en el café. Y posteriormente, luego de mi atrevimiento en seguirla, descubrí estas ganas, pero ahora verdaderas, de conocerla. Al menos saber su edad. Intuía que era mayor, porque dejando de lado lo aniñada que parecía su carita y su contextura, su personalidad era, totalmente, la de una mayor. Concurría a un bar donde el ambiente era bastante oscuro; donde el humo podía sentirse desde la puerta. Ingresabas a este lugar y automáticamente se percibía el olor a bebidas destiladas con una cuota de cebada. Empecé a ir de seguido porque –francamente- me había encantado el lugar. No sé si era por su blues o porque, simplemente, era el lugar adecuado para solitarios que querían seguir estando en soledad. 
    Un miércoles cálido, saliendo del trabajo, entre al bar que concurría cotidianamente ella –el bar de la señorita le puse-. Entré a tomar un vaso de whisky para volver a casa más relajado. Ustedes pensaran que fue a propósito, pero jamás pensé en encontrármela. La vi… La señorita, se encontraba bebiendo cerveza y riendo –que combinación más espectacular pensé-. No solo era una mujer muy hermosa en solitario, sino que también tuve el placer de verla disfrutar y desenvolverse entre otras personas. Y a mí, personalmente desde el afuera, gozo de ver a las personas que sin importarles el día, cuando recién está comenzando a atardecer, entran a un bar, y se entregan a sus vicios.
     Yo me encontraba en la barra, y no sé cómo paso, pero en un instante, ella se aproxima, toma su vaso, y de reojos me mira. Pero después de recoger su whisky, volvió a su mesa, donde solo quedaba su propia esencia. Su característico perfume quedo en mi interior. Yo que la observaba, pero ya con cuidado, alcance a ver, como ahora sola, se acomodaba en los sillones de cuero del lugar. Estiraba sus piernas con cuidado, y recostándose sobre el apoya brazos, cerraba los ojos para poder percibir mejor la música. Por momentos hasta yo podía sentir el goce de ésta. Y creo que cualquiera ese día, podía ver como ella lo estaba disfrutando. 
     En mi pequeño disparate por tenerla cerca, me acerque y le pregunte si escribía. Ella abrió los ojos, me miro sorprendida –pero no con disgusto-, y contesto: -Mi sueño es publicar mi libro-.
     Después de decirme su edad, salimos del lugar. Entramos a una habitación. No hicimos el amor. Me hablo, de que cuando era más pequeña se había encontrado una tarde en la cama de su hermano, con su primer orgasmo. Utilizo el lenguaje correspondiente para el momento. Entendí todo -mucho más de lo que buscaba comprender-.
    Según su historia: Se encontraba queriendo dormir la siesta. Cuando por un estímulo que sintió en su vagina, comenzó a tener que tocarse. Empezó palpándose y conociéndose. Seguidamente, examinándose, se dio cuenta que le generaba algo que, para su corta edad, no sabía expresar.  También se había dado cuenta instintivamente, que no podía contarlo. Pero la historia no termina ahí. Con un poco de vergüenza prosiguió, mientras yo la miraba deleitándome con su historia -poniéndole el cuerpo al relato-. Reveló que sus dedos no habían alcanzado. Le gustaba la manera en que se sentía, y a la vez sentía un desconcierto por no lograr comprender lo que estaba pasando con su cuerpo. Así que en su desesperación para no perder esto que estaba sintiendo, busco un juguete de plástico. Este juguete fue lo que termino por devastarla. Lo fregó tanto, y con tanta fuerza por su clítoris, que cuando se dio cuenta y quiso parar, mojo toda su cama con algo que en ese momento, pareció ser el líquido de algo prohibido. Me conto que no gimió. Me conto que se horrorizo.

lunes, 18 de julio de 2022

El juego del saxo

Venían deseándose desde el bar. Se habían mirado en algún momento como sabiendo que buscaban el mismo desenlace. Tuvieron algunos roces. No compartieron palabras, pero sabían que se irían juntos.

Ella le dijo para irse, y él… bajo las escaleras. Escaparon del lugar directamente al estacionamiento. Abrieron las puertas y acomodaron los sillones. Si algo se complicó fue solo para darle inicio al momento. Ahora el escenario era un auto, sobre una calle oscura, en medio de la ciudad. La ropa de ella, ya no se encontraba tapando su cuerpo. No hicieron falta las palabras en ningún momento porque todo instantáneamente se tornó a lo tántrico. Después del reconocimiento previo, se gustaron. A ella la motivaba: lo pervertido, lo indisimulado. Sabía que quería el jugo de él en cualquiera de sus partes. A él, se lo veía decidido. Estaba predispuesto esa noche para dárselo. Darle esto que ella ansiaba y le pedía con su cuerpo.

Accedieron mutuamente a los gemidos, sin pedir permiso, sin dejar de prestar atención en el otro. Cada cual se posicionaba para dejarse complacer. Porque cuando el cuerpo se posiciona naturalmente, las palabras no son reproducidas. Entonces escalas de sinfonías fueron sintonizadas, los volúmenes se volvieron armónicos, las pieles se fundieron con el mismo aroma. Un aroma reconocido por ambos. Se amoldaron a la incomodidad de un reducido espacio y lo supieron aprovechar, ya que con una buena posición, lo demás, se dimensiono para coordinar el acto.

Ya ella de espaldas, encima de él, acomodo sus piernas para lograr el cometido.  Al final nada costaba. El mejor de los rituales era ahora su figura ya ensamblaba con la de él, dándole lugar a sus movimientos de caderas. Ella, como contorsionista, preparaba el siguiente escenario. Si bien estaba apresurada para encontrarse con él en el orgasmo, no obstante quería tomárselo con calma. Esta vez la ansiedad no iba a ganarle al sentir.

Con su danza fue persiguiendo ese fin, pero con total calma, disfrutando de la situación que le generaba sentir su pene dentro. Siguió actuando conforme a su anatomía, y lo que esta le pedía. Paso de contorsionista a ser su bailarina. Ella creaba los escenarios, y con su baile lo mantenía en órbita a él. Este escenario en donde la entrada no se cobraba, solo se agradecía.

Para ella esto era el juego del saxo. Que quizás más que un juego es el sonido que transcurre en su cabeza. Un saxo sonando. Su melodía la lleva, la enciende, para seguir con su accionar. Este saxo que suena según sus deseos, dejando a libre albedrio lo siguiente. Todos sus caprichos estaban siendo cumplidos de la mejor manera posible. Él se dejaba cabalgar, sin quejas y sin preguntas, solo gozaba del momento en donde ni las pequeñas luces que llegaban a alumbrarlos importunaba.  

Después de algún que otro orgasmo vaginal; ella, mientras él la penetraba por detrás, frotaba con dos de sus dedos derechos, la terminación nerviosa donde era acumulado todo su potencial, donde contenía un insuperable y diferente orgasmo final. El, se encontraba en el mismo momento. Donde el cuerpo sale de su cotidianeidad para explotar en otro estado. No estaban cansados, solo querían acabar.

Mojo sus dedos. Los volvió a posicionar en su vagina; frotando adelante y colando los restantes por debajo. El siguió penetrándola, pero más rápidamente; mientras ella envolvía y empañaba con gemidos los cristales del auto donde se encontraban. Ni el frio paro este momento en donde entre cuatro o cinco gemidos finales, le provocaron el clímax. Ambos lo comenzaron, y ambos, con una sincronía, lo terminaron.

domingo, 17 de julio de 2022

No me perdones por nada

Hay personas que no nos merecen, que nos encuentran en un mal momento de nuestras vidas.

    Cuando te vi por primera vez todo de mi te quiso, como algo totalmente inefable que buscaba probar tu sabor, conocer de que estabas hecho. Despertaste en mí un universo entero de posibles –aunque dentro de ese mismo frenesí contuviera mis penas-. La consciencia siempre jugo una mala pasada, porque implicaba mucho más de lo que algún día quizás llegues a comprender. Este último tiempo daba pena, hería profundamente todo ese esplendor de costumbres que habíamos generado entre los dos. Intente de sobremanera no utilizar la última palabra, no ser la que encuentre consuelo en la soledad, ni mucho menos dañar lo que alguna vez creíste que sabias de mí. Quizás entre mis idas y vueltas solo desgastaba mas esos borrones y cuentas nuevas que me obligaba a aceptar. 
    Tratar de comprender cuando todo se desvanece fue/es el caos y el insomnio de incansables noches, en la que juagabas el papel principal en mi obra, y no es que me considere artista, pero el consumir de tu esencia fue llenarme de sol y dejarme llover más de una vez.
    Esta vez si cumple su propósito la culpa, entra cada momento en que pasas por mi cabeza y segrega tan rápidamente hacia el vacío, hueco e incompleto lugar, en la anatomía, que solía encontrarse mi corazón. Y ahora estarás pensando: ¿de que corazón habla? si vos no tenes corazón, o al menos busco el consuelo de creer de algún modo que se en lo que estás pensando, porque el compartir me genero eso, el auto-convencerme de la idea de que supe quizás lo que pensabas en algunos momentos. Lamento decirte que ya no creo en nada, ya no se nada…
    No se si te escribo para decir que lo siento, o para tratar de justificar mis actos en una absurda carta que ni siquiera creo enviarte. Yo se que no me queda el lugar de víctima – no me queda por ningún lado-. No fui capaz de hacerle justicia a lo nuestro, a las emociones, ni sentimientos que generas. Me perdí en la idea de que nunca iba a ser lo que merecías porque aunque vos no tengas ni una posibilidad de entender con qué fantasmas luchaba, percibías de efecto rebote todo lo que solía llamar "miserias".
    Quiero serte sincera, aunque no sirva de nada, y contarte que hace unos días atrás, deje de percibirnos y si bien podría hacer el intento en explicártelo, con alguno de mis ejemplos de los que tantas veces tuviste que aceptar o resignarte a escuchar, pero no puedo y vos me entendes. No tuve idea, con vos las ideas nunca fueron suficientes como para mirarte y lograr decir algo con lo que en un abrir y cerrar de ojos aparentes comprenderme. Pero tu espalda me va a agradecer algún día. Disfruto tanto el estar con vos, que a veces se me olvida que no quiero estar con vos. 
    Tantas noches mirando la luna juntos, y esta vez, contrariamente, los dos mirándola separados, porque en esta vuelta de tuerca que ya casi no gira, existen de por medio -y ya no la luna- la cuestión tan esencial del sentir.
Si tuviera la certeza te diría que lo probaría todo una vez más; otra vez te estaría mintiendo. A veces debemos explicarnos a nosotros mismos lo que nos cuesta el lastimar, porque aunque tengas miles de razones más para quedarte donde te aprietan los zapatos del corazón, se te anuda con resignación en el pecho y garganta un interior e infelizmente “no puedo”. Un no puedo que quedo entre dientes alguna que otra noche donde el placer te lleva al éxtasis, donde pensar no se coloca en posición de exigirse. Un no puedo de los que tantas veces postergaste por no caer en la simple cobardía de lastimar o ser sincera.
    No puedo imaginarme que estás pensando ahora, ni las tantas cosas que seguramente están pasando por tu cabeza; tampoco me queda esa valentía en suponer. Sin embargo pase por esta situación ya tantas veces que puedo tomar precisión de cuál es la posición en la que estas. No quiero adelantarme en decir, como ya dije, que estoy suponiendo. No obstante fueron incontables las noches en las que en mi sien iban y venían pronósticos de las distintas especies y clases en cómo iba a concluir lo nuestro. Si, lo tenía injustamente estudiado. Quizás decir que lo tenía estudiado suena a que en algún momento entre esos pensamientos lo planifique, y quiero decirte a vos que de nada sirven los pensamientos, los planes, las miles de posibilidades e ideas que pelean por el puesto para ser lo más cercano a lo real, porque inclusive no somos ni la mitad de lo que pensamos. Vuelvo a esa sensación de saber que ni aunque “lo haya planificado” esto se asemejaría a lo que gritaba mi interior.
    Esta historia que arde entre las entrañas, que te cocina por dentro, fue lo que mas se acercó a lo que sentí. Se que lo vas a entender -aunque me digas que no entendes nada- fue tan natural, estuvo por sobre todo -inclusive sobre mi misma-. Llevaba días y noches buscando una solución a eso que me iba carcomiendo por dentro y que, inclusive, en un chasquido de dedos desaparece, se esfuma como si nunca hubiera estado ahí. Te vuelve un ser incomprendido. El rebuscar entre los escombros de lo que quedo en obra tan solo un motivo para poder declinar tu postura. 
    Dame la llama que prendía, junta de todo el bosque algo que me vuelva a encender. Dame tiempo. Déjame recorrer con mis propios sentidos las agujas de mi reloj. No me perdones por nada, no esperaba que así suceda. Nunca entenderías que no eras vos, que nunca fuiste vos. Que mi cabeza terminó por convencer todo de mi, llevar mi lado extremo a dejar de pensarte.

viernes, 15 de julio de 2022

Como un Dios

Mi cuerpo me ha hecho sentir tantas cosas que ni mi propia cabeza llego a soportar. Mi sexo abrió puertas que no pude cerrar.
Mi cuerpo domina mi mente, mi cuerpo destroza mi razón. El morbo encuentra huecos para entrar, y genera el instante en donde todo desaparece para ser calor, para ser hormonas encarcelándome. Una obligación a la renuncia de pensar.


00:53hs

Ya es viernes. No hace frio. Lo espero con ansias. Acá lo único frio es tener que escribir con mis dedos la historia que está creando mi mente, cuando con recuerdos logra que en mi segregue la hormona de la dopamina. Cuando pasando las cero me encuentro en mi cama con algunas imágenes apuñaladoras. Mejor sería si no tuviera los recuerdos, porque sería mejor instaurar uno nuevo. Pero existe esa cama, esa que mi cuerpo ansia tanto.

Una cama, una simple cama en medio de una habitación. Una habitación de cuatro paredes, paredes que pretendían resguardar aquellos gemidos. Gemidos de una boca que a la vez susurraba un <<que rico>>. Unos labios que besaban aquella piel. Piel donde afloraba la transpiración.  Una mente hipnotizada de tanto placer. Un placer generándose en un punto clave, punto clave que, cuando era destapado, no dejaba de hacer llover.  Yo llovía arriba, abajo, encima. Arriba de sus piernas; por debajo de mis glúteos; por encima de su pecho.

Dos mentes retorcidas. Dos extremidades deseándose. Dos dedos que buscaban mi boca, dedos que se conducen como pinceles. Pinceles que van cargados de pintura.  Pintura que es esparcida con sus tres dedos restantes. Pintura que pintaba mis labios. Sus manos tocaban mi carne y mis átomos parecían destruirse.  Mi cuerpo era Chernóbil a punto de desatar la catástrofe más colosal de la historia. Sus manos no dejaban de incitarme a este descuido. Yo en mi rol de planta nuclear retrasando el disturbio.

El disturbio llegaba. El disturbio siempre encontraba lugar; tarde o temprano ganaba. Era insoportable sentir como solo se tomaba su tiempo; este tiempo contado secuencialmente. Su búsqueda retorcidamente era encontrar ese momento seguro. Seguro para él, destructivo para todo lo demás. Con un descuido mío, acertaba ese momento.  Se tornaba inequívoco el minuto para dejarme en coma. Como el agua y el fuego batiéndose a duelo. Una guerra que desataba infiernos y tsunamis. Fuego en el interior, mareas en las superficies.

La boca era utilizada en conjunto, para recorrerme con su lengua, morderme con sus dientes. Yo no podía usar las cuerdas vocales para gritar porque la vocalización copulatoria equiparaba todo, esto a causa de que ser fémina me condenaba a los jadeos.

Ahora era el momento de la almohada, esta entraba como si fuera posición del Kama Sutra. Formaba parte ya que era atrapada con mis dedos; era penetrada con mi cabeza, mojada con mi saliva. Allí era cuando me imponía la posición de rezo, con la suerte de que las plegarias eran respondidas instantáneamente. La cadera empezaba a elevarse formando una columna vertebral de más centímetros. Su empuje constante pero riguroso iba profundizándose, era tan profundo que dejaba de ser constante. Dejaba de ser constante porque comenzaba a variar.  Y era tan variable que terminaba sacando esta contención que generaba la almohada. Afuera la almohada. Arriba mi cuerpo del suyo.

Las plegarias esbozaban que rasguñe mi espalda, que me jale del cabello, con fuerza o sin, sin límites por favor. Que use sus manos en combinación, las dos apretándome debajo de las costillas, donde la cintura se sienta bien.

Los escenarios son, ahora, donde la luz principal se posiciona en mojarme más, pero siendo solo el comienzo. Mis genitales le hablan por mí. En mi último intento les ordeno y ruego que paren, pero que si se detienen sea solo para volver a iniciar. Ya sintiendo el fuego en alguna parte que no comprendo para señalar voy mutando, convirtiéndome con la metamorfosis. Mi cuerpo sintiendo llamas que van bajando, punzando desde mi interior con este fuego, fuego y electricidad. Electricidad que no deja de progresar, y que con un poco de más voltios terminaría conmigo en ese, contenido pero conseguido, grito. Grito que al final triunfa. Desenlace donde mi electrificado yoni propicia el desmayo.

Él era mi Dios, porque gobernaba todos mis sentidos.


miércoles, 15 de junio de 2022

La pequeña señorita

26 de Mayo/Rosario. 12:09hs
 
Me senté a tomar un café como de costumbre. Estoy en Rosario, y afuera hace frio. Me encanta esta ciudad; siempre que vengo me impresiono como si fuera la primera vez. Amo todo de ella: sus olores, su gente, colores, gustos. Amo el hermoso club de Newells old boys del que soy fanático. Aunque no obstante, escuchando a Freddie Mercury en el café  esta mañana, pensaba en que siempre vengo y nunca había podido ir, ni disfrutar, siquiera ingresar y conocer por dentro al club. Es una de esas cosas que tengo pendiente, y odio lo pendiente: porque sufro de ansiedad. Y la ansiedad genera, o digamos, casi siempre me gobierna. Digo casi siempre… porque en este momento estoy controlado con algunos estímulos externos.
Me acerque a pedir una hoja a un extraño del café ya que me olvide la agenda en el suelo del auto,  y no pensaba salir con el frio que hace, hasta el estacionamiento donde lo deje –a unas 10 cuadras-. Un momento atrás salí a fumar un cigarrillo en el sol, pero el frio esta tan tremendo por estos lados que no es soportable para mi porque de despistado –o inconsciente- me saque el sobretodo en el auto mientras tomaba un amargo más temprano. Termine acá, escribiendo, todavía me encuentro esperando el café, pero ya sin frio. De repente veo que entra una particular señorita, esta pequeña. Si bien se notaba que era mayor de edad; tenía la contextura de una de entre 19 o 25 años de edad. La forma en que vestía y todos sus artilugios, me hicieron prestarle atención.
Llego el café, y que buen café. También en este momento le estoy prestando atención, y observándola... Cuando de repente escuche su conversación con la moza del lugar que le dijo: -Uy discúlpame- a lo que esta le respondió entusiastamente -No, no pasa nada. Muchas gracias. Hace frio ¿no?, sonriendo agrego -Sí, se vino con todo. Bueno hermosa, que lo disfrutes. Entonces la señorita agradeció y termino con un "muy amable". 
El café estaba riquísimo, estaba caliente pero en el punto justo, ni muy caliente como para quemarse, ni muy frio como para no ser disfrutado. Lo había dejado negro, y estaba emocionado por beberlo de a pocos sorbos para que no se acabe. A ella, al igual que a mí, también le trajeron de regalo en el platillo del café, un conejito de pascuas de chocolate. Yo, lo iba a comer -aunque lo detestaba-, me pasa algo parecido con las vitaminas, o medicamentos, odio tomarlos, pero sabemos en cierto punto que si lo hacemos, es porque nos hacen bien. ¿Y por qué lo odiaba entonces? En primer lugar: por su forma ¿Qué tenía que ver un conejo con pascuas? Es algo que no entiendo. Segundo, no era chocolate del amargo, y yo soy fanático del chocolate pero de los que tienen mínimamente sesenta porciento de cacao amargo. Pensaba que comérmelo era un pecado, pero tenía ganas de correr riesgos. Lo iba a comer, porque al final, es como con el futbol -aunque sea muy fanático-, algunas veces te corrompes de pecho frio porque no termina siendo un partido bueno como quizás esperabas. Bien, igualmente termine por decidir no comerlo. Note que ella tampoco lo comió, se ve que no lo quería, ni lo necesitaba. Lo devolvió a su moza. Esta se encontraba sola, y por dentro mío pensaba en porque una mujer se encontraba sola este día, en el mismo lugar que yo. Era hermosa pero no lo demostraba físicamente, era hermosa porque cuando termino su café tuvo el gesto de levantarse y les alcanzarle los utensilios y vajilla, a las chicas del lugar. 
De repente, una pareja ingresa al local, y ella se queda intrigada observándolos, eso de igual forma me llamo la atención. ¿Será porque me sorprendió su hermosura? –Como dije más adelante-. Siempre que estoy escribiendo me distraigo y me surgen preguntas, por ejemplo; ¿Seré tan distraído que olvide mi agenda? y por eso es que estoy escribiendo en un papel regalado que atrás dice <<rendimiento dólares “últimos 12 meses”>> del mes de abril, algo sobre un plazo fijo, no sé muy bien…
Retomando la historia del día: En este momento le sigo prestando atención a la pequeña señorita. Traía una polera mostaza, los labios fucsias, y el pelo recogido en un rodete con un lápiz, lo que me hizo concluir de que también escribía. Pero se notaba que estaba allí sola, viendo a esta pareja porque anhelaba, o añoraba, un poco de esa sustancia, un poco de ese cariño o contención. Por como los miraba se ve -o percibí-, que deseaba sobremanera estar en ese lugar, en pareja sonriendo, y compartiendo una comida un día frio como este. Pero creo –ojala no me equivoque- estaba en soledad por decisión.

El dolor

¿Por qué deseamos que duela?
vamos ahí...
como pidiendo que nos pongan sal en la herida,
y después...
clamando por una curita que nos repare.

domingo, 12 de junio de 2022

Salsa, polenta, y agua.


Todavía pienso en ella;

Y más cuando tengo alguna agenda y bolígrafo encima.

 

Me siento enfermo;

de no sentir su frescura,

me da escalofríos escuchar la música,

 y solo querer hacerle el amor.

 

Me siento enfermo porque el cuerpo no funciona;

mi mente todavía se encarga de traerla devuelta hacia mí.

 

Su cuerpo desnudo sobre el mio;

  su aroma a jabón brasileño,

sus piernas particulares –con las que me podría envolver en la eternidad-

 

Salir de la realidad me parece un hecho imposible;

como pretender que dejase de hacer frio un sábado 11 de Julio en Buenos Aires.

 

El frio polar no vino solo;

con el trajo nieve en mis manos (estas ya no pueden tocar, ni sentir otras).

 

En el bar bailan salsa en pareja (obviamente la costumbre);

y si usted fuera mi pareja de baile,

 no solo le bailaría.

 

En la imaginación puedo hacerle mil cosas;

Y gracias a Dios todavía no me culpan por ello.

Tengo un rollo fotográfico entero de sus gestos, sus extremidades,

asi la recuerdo.

 

No puedo evitar su ternura;

su mágico andar por mis calles.

me transitó hasta que con sus pisadas dejo huellas imborrables.

 

Y si fuera tan fácil,

 como ser algún camino,

solo tendría que pasar nuevamente por allí,

para lograr borrarlas.

 

Y pase…,

la invito a volver a pasar por aquí.

 

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