martes, 10 de marzo de 2026

Estos besos de Judas

Había faltado ponernos de acuerdo. Habían sobrado las ganas en más de una oportunidad. No soy sabio, pero, así y todo, supe con claridad de antemano lo que iba a costar el día de después. ¿Será porque verte de lejos contribuyo a que el anhelo fuera más grande? ¿Cómo era posible que haya esperado y soportado tanto por ese momento?
Verbalizaste un montón, y eso me dejo atónito. Si no me falla la memoria –que suele pasar- no eran fáciles las palabras para vos. Con el tiempo igualmente comprendí, en carne propia, que ocasionalmente las situaciones generan que los discursos no emerjan, que se disipen entre uno y otro pensamiento, entre el querer decir, y el no hacerlo por lo redundante. Tal vez simplemente no era tan importante para vos, en ese entonces, las demostraciones que yo inquiría. Pero como te comento, me asombró positivamente. Pienso que los hechos que acontecieron en tu vida habrán logrado esas prosperidades, y que fueron la causa de que hoy seas como sos, pero reconozco que por más de que caracterice o resalte esto como “positivo”, me hace daño como ocurrió, y lo que tuviste que transitar. Me hubiera gustado que no fuese de este modo. Me deleita que estés más madura, más significativa, con ganas de –al fin- sacar de tu psiquis todo lo que te acongoja. Me gusta tener presente y conocer la exigencia que eso puede significar en tu persona, y que, así y todo, lo hayas hecho francamente conmigo. Lo que me es difícil reconocer por la escueta moral -que parecía quedarme-, que posteriormente de haberla expuesto tantas veces, haya esperado con tantas esperanzas nuestro encuentro. Aunque a través del tiempo, invariablemente, fuiste siempre mi debilidad.
Se me paralizó el pecho, de momento hasta respirar se volvió toda una maniobra. Me temblaban las manos, no me hacían caso, era como si no tuviera la habilidad de manejarlas. Pero besarte fue tan fácil como para un pez nadar. Así, natural, de manera inequívoca. Como si hubiera nacido únicamente para hacerlo. Besarte fue el error inicial, quería más. No niego que toda mi astucia por mantenerme racional quedó aminorada con el hecho de lo que generó esa precipitación inicial. Es que… como le explicaba a mi yo interno que la casa no iba a ser hogar, que esta era prestada, y con fecha de caducidad.
Que me perdone Dios si finjo que no te conozco, que, entre esa ropa nueva, y ese aroma viejo, no sos la mezcla justa, de lo que solías ser. Que me perdone por ser cómplice de semejante desfachatez. Pero que no lo haga, porque dada la oportunidad, te volvería a alquilar.
Unas horas de sillón, unos mimos al azar, azaro como tu peculiar olor. Olías a vos, tan a vos que me carcomió la decencia. Mucho ruido de fondo, el sonido a explotar ¿Cómo no te iba a recordar? Entre esas mismas paredes te tuve más de lo que suelo inmortalizar. Esas paredes nos perpetúan, nos conmemoran: fogosa, intensa, risueñamente. Nuestra primera vez, nuestra última.

sábado, 28 de febrero de 2026

Nothing compares

Primero sentí pena por mí, por haber accedido a encontrarnos -me perdí por un buen rato-,  pero luego de escucharte hablar desde la tristeza con tanto rechazo y liviandad sobre las elecciones que habías tomado, me apiadé de vos. Es que ha pasado una eternidad. Me dejaste pensando y con mucha ansiedad. Imagínate en mi mente desequilibrada como resonó cada palabra que expresaste, y en como sentía de querer cuidarte –nuevamente-.
No vengo a hablar de la desdicha igualmente. ¿El obstáculo? Es que soy tan inconformista y eso me enoja tanto –aunque no quiera admitirlo-, que me cuesta inclusive tomarlo en cuenta. Miro por la ventana y trato de sentirme cómodo con la idea que, acontece y hace, que me encuentre sentado aquí tratando de explicarme como me concibo. Simplemente cuando no sé, o me irrumpen sensaciones bipolares, busco expresarme con las manos. No deseo que la rutina de hacer lo que me apasiona venga trasformada en tornado cuando de una tristeza se trate, pero como yo no lo elijo ¿Cómo podría quejarme?
Me pasa que me siento atajado por algo, y tan chico como si fuera a evaporarme. Podría concluir que es porque lo que no entendemos nos angustia, acompañado de que el pensar nos preocupa; nos vuelve un poco esquizofrénicos, y vivir entre emoción y raciocino desde el inicio, no tiene final.
Días atrás leía mis agendas y me encontré con una frase que al día de hoy sigo adhiriendo –aunque no con la practica-, una frase que escribí y dice: “Alguien que se entrega sin medida, está entendiendo que no hay límites para el amor”. Y ahora recalculo… ¿No será el limite el dolor? ¿No tendría que serlo?  Así y todo, no deja de doler.  Es como si se me desasiera todo, ese “todo” que irónicamente en realidad no existe, pero que sigue doliendo como cuando dolías.
Deduzco que las cosas asustan porque no las entendemos. ¿Saben que es lo peor? Que me he jactado de mis años de terapia como si hubiera aprendido realmente la lección, como si en los momentos donde entran los pingos a la cancha no mirara para otro lado y volviera a cobijarme en el ignorante que me suele quedar cómodo ser. Y acá es cuando me enojo. ¿Qué diría Martin de mis últimas malas decisiones después de haber dejado la terapia repentinamente? Lo imagino mirándome desde su silla, mientras yo medio recostado con cara de inocente me preparo para recibir el zarpazo. Que diría éste después de que lo mirase a los ojos y le dijera que, de su último análisis y recomendación, no aprendí nada. No solo no aprendí… terminé recayendo. Ojalá, y Martin nunca lea esto.
“Martin, no sos vos, soy yo”, diría un hipócrita que no puede hablar con la verdad. ¿Sabes que Martin? Hasta te culpe en varias ocasiones por abrirme los ojos y hacerme ver esos pingos. No digo que no haya servido de nada porque claramente… no tendría que haber abandonado la terapia. Te cuento -ya que no tuvimos más sesiones-, que me acorde de vos, justamente por esa última recomendación que me diste en la época de mis crisis. Me atrevo a decir que soy consciente de que me comprenderías –inclusive- pero en esta consciencia no dejo de culparte y de culpar mis impulsos de “intentar” elegir lo que era objetivamente bueno para mí. Te prometo que dolorosamente razono todo, pero ¿Cómo hago Martin? ¿Cómo hago si no deja de doler? Porque si, este todo al que hago referencia tiene que ver con mis en vanas tentativas en abstenerme de su manipulación. Asombroso como después de todos los medicamentos que incluí en mi dieta diaria para sostener la ansiedad adormecida, este se hiciera resistente y fácilmente la volviera a despertar con un simple “volve ya, te extraño”.
Perdón Martin, nos falle. Estoy profundamente sometido a que me quiebre, que mi debilidad sea el punto de inflexión. Inclusive, míralo desde el lado bueno, nos vemos el miércoles en terapia.
j=d.createElement(s),dl=l!='dataLayer'?='+l:'';j.async=true;j.src=