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lunes, 16 de mayo de 2022

Luaz

HABIA ACORDADO DE IMPREVISTO:

Inmediatamente en seguida de haber vuelto de ese lugar tan raro al que concurrió, donde la esperaba un ser extraño; que inclusive le ofreció de prestado un libro de poesía <<estaciones de tinta negra>>. Gozaba de haberse despedido de éste, fría y rápidamente. No por temer, sino porque se había encontrado ante una situación rara. No sabía de buena tinta muy bien porque le pasaba, pero de algún modo no estaba cómoda.

¿Sería por haberlo conocido hace dos minutos, o por su gato mimoso con nombre de comida? Claro que no era nada de ello… Muy en su interior comprendía esta vez, que ya no estaba dispuesta a estas situaciones. Ya no debía actuar como en su antigüedad sobre las cosas, y/o  hechos que le acontecían. Esta vez debía cuidarse de los demás –de ella misma-.

Como venía relatando: había acordado por teléfono pero de imprevisto (porque era algo que no había tenido si quiera imaginado) ir a su café predilecto a merendar su yogur favorito.

Nada le hacía tan feliz como aprovechar en el invierno: el caminar, e ir a sentarse libre a escribir: comiendo su leche agria (con granola, frutas de estación y miel), favorita, y bebiendo su café descafeinado (descafeinado que por obligación había comenzado a beber hace unos meses atrás).

Café descafeinado – que ironía pensaba- con leche de almendras.
También pensaba después de todo: que esas eran algunas de las cosas que la hacían sentirse viva de vez en cuando. Le surgió el auto-responderse a una pregunta que le hizo una persona amada por ella, un día antes de esto, y que en ese momento no tuvo la respuesta; por estar deprimida, por no saber que le pasaba ese día. Pero en este preciso momento sí; si estaba al tanto. Pensaba en la locura de ver, y de lograr reconocer que por estas infantas cosas, concluía levantarse siempre ante el día que le tocaba. Porque esto hacia un poco de justicia a su frase de cabecera 

“ser feliz es darse cuenta”;

Frase que utilizaba bastante de seguido -que había leído en un libro, en algún momento de su adolescencia-.

A todo lo demás, el libro de poesía llego en buen momento:  Le servía porque tenía un poema sobre el “desequilibrio” y otro que se llama “guiarme a perderme”. 

Su idea – varias veces en su cabeza rondaba- era inmiscuirse en la escritura de la poesía. La poderosa y mágica trama de la poesía. El Inconveniente era, que la mayoría de las veces se auto-exigía hacerlo bien (y si bien tenía escrito - y lo hacía varias veces-  no obstante le parecían “bastantes pasables”), pero no llegaba a convencerse de ser buena. Entonces había comprendido cerrando esta página de escritura, de que cuando podía darse cuenta que era feliz en algunos momentos, lo único que pasaba, es que todo podía estar solo bien; y que al contrario de la primera ley de Murphy, solo iba a pasar lo que tenga que pasar, pero en el buen sentido de la vida. Ahora si hablamos de la segunda ley: ahí si le daba la derecha.


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