Había faltado ponernos de acuerdo. Habían sobrado las ganas en más
de una oportunidad. No soy sabio, pero, así y todo, supe con claridad de
antemano lo que iba a costar el día de después. ¿Será porque verte de lejos
contribuyo a que el anhelo fuera más grande? ¿Cómo era posible que haya
esperado y soportado tanto por ese momento?
Verbalizaste un montón, y eso me dejo atónito. Si no me falla la memoria –que suele pasar- no eran fáciles las palabras para vos. Con el tiempo igualmente comprendí, en carne propia, que ocasionalmente las situaciones generan que los discursos no emerjan, que se disipen entre uno y otro pensamiento, entre el querer decir, y el no hacerlo por lo redundante. Tal vez simplemente no era tan importante para vos, en ese entonces, las demostraciones que yo inquiría. Pero como te comento, me asombró positivamente. Pienso que los hechos que acontecieron en tu vida habrán logrado esas prosperidades, y que fueron la causa de que hoy seas como sos, pero reconozco que por más de que caracterice o resalte esto como “positivo”, me hace daño como ocurrió, y lo que tuviste que transitar. Me hubiera gustado que no fuese de este modo. Me deleita que estés más madura, más significativa, con ganas de –al fin- sacar de tu psiquis todo lo que te acongoja. Me gusta tener presente y conocer la exigencia que eso puede significar en tu persona, y que, así y todo, lo hayas hecho francamente conmigo. Lo que me es difícil reconocer por la escueta moral -que parecía quedarme-, que posteriormente de haberla expuesto tantas veces, haya esperado con tantas esperanzas nuestro encuentro. Aunque a través del tiempo, invariablemente, fuiste siempre mi debilidad.
Se me paralizó el pecho, de momento hasta respirar se volvió toda una maniobra. Me temblaban las manos, no me hacían caso, era como si no tuviera la habilidad de manejarlas. Pero besarte fue tan fácil como para un pez nadar. Así, natural, de manera inequívoca. Como si hubiera nacido únicamente para hacerlo. Besarte fue el error inicial, quería más. No niego que toda mi astucia por mantenerme racional quedó aminorada con el hecho de lo que generó esa precipitación inicial. Es que… como le explicaba a mi yo interno que la casa no iba a ser hogar, que esta era prestada, y con fecha de caducidad.
Que me perdone Dios si finjo que no te conozco, que, entre esa ropa nueva, y ese aroma viejo, no sos la mezcla justa, de lo que solías ser. Que me perdone por ser cómplice de semejante desfachatez. Pero que no lo haga, porque dada la oportunidad, te volvería a alquilar.
Unas horas de sillón, unos mimos al azar, azaro como tu peculiar olor. Olías a vos, tan a vos que me carcomió la decencia. Mucho ruido de fondo, el sonido a explotar ¿Cómo no te iba a recordar? Entre esas mismas paredes te tuve más de lo que suelo inmortalizar. Esas paredes nos perpetúan, nos conmemoran: fogosa, intensa, risueñamente. Nuestra primera vez, nuestra última.
Verbalizaste un montón, y eso me dejo atónito. Si no me falla la memoria –que suele pasar- no eran fáciles las palabras para vos. Con el tiempo igualmente comprendí, en carne propia, que ocasionalmente las situaciones generan que los discursos no emerjan, que se disipen entre uno y otro pensamiento, entre el querer decir, y el no hacerlo por lo redundante. Tal vez simplemente no era tan importante para vos, en ese entonces, las demostraciones que yo inquiría. Pero como te comento, me asombró positivamente. Pienso que los hechos que acontecieron en tu vida habrán logrado esas prosperidades, y que fueron la causa de que hoy seas como sos, pero reconozco que por más de que caracterice o resalte esto como “positivo”, me hace daño como ocurrió, y lo que tuviste que transitar. Me hubiera gustado que no fuese de este modo. Me deleita que estés más madura, más significativa, con ganas de –al fin- sacar de tu psiquis todo lo que te acongoja. Me gusta tener presente y conocer la exigencia que eso puede significar en tu persona, y que, así y todo, lo hayas hecho francamente conmigo. Lo que me es difícil reconocer por la escueta moral -que parecía quedarme-, que posteriormente de haberla expuesto tantas veces, haya esperado con tantas esperanzas nuestro encuentro. Aunque a través del tiempo, invariablemente, fuiste siempre mi debilidad.
Se me paralizó el pecho, de momento hasta respirar se volvió toda una maniobra. Me temblaban las manos, no me hacían caso, era como si no tuviera la habilidad de manejarlas. Pero besarte fue tan fácil como para un pez nadar. Así, natural, de manera inequívoca. Como si hubiera nacido únicamente para hacerlo. Besarte fue el error inicial, quería más. No niego que toda mi astucia por mantenerme racional quedó aminorada con el hecho de lo que generó esa precipitación inicial. Es que… como le explicaba a mi yo interno que la casa no iba a ser hogar, que esta era prestada, y con fecha de caducidad.
Que me perdone Dios si finjo que no te conozco, que, entre esa ropa nueva, y ese aroma viejo, no sos la mezcla justa, de lo que solías ser. Que me perdone por ser cómplice de semejante desfachatez. Pero que no lo haga, porque dada la oportunidad, te volvería a alquilar.
Unas horas de sillón, unos mimos al azar, azaro como tu peculiar olor. Olías a vos, tan a vos que me carcomió la decencia. Mucho ruido de fondo, el sonido a explotar ¿Cómo no te iba a recordar? Entre esas mismas paredes te tuve más de lo que suelo inmortalizar. Esas paredes nos perpetúan, nos conmemoran: fogosa, intensa, risueñamente. Nuestra primera vez, nuestra última.
No hay comentarios:
Publicar un comentario