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domingo, 2 de octubre de 2022

Verano

    Esa tarde se encontraba hamacándose en este sillón de madera que, yo, con ilusiones había instalado con tirantes del techo a la salida de la puerta trasera de la casa de verano, donde pasábamos algunos días. Me había pedido, o como sonó para mi proposición exigido, que lo hiciera. Cuando le surgió esta atracción, lo de un sillón colgante, sentí felicidad. Imagine que por algunos instantes nos pensaba a ambos, nos tenia presente en su mente ahí, en nuestra casa de verano  a la que corríamos escapando de la ciudad que nos enloquecía con sus costumbres. Aunque en realidad fueran esas costumbres las que nos hacían querer correr, querer tele-transportarnos por no querernos mas de lo que quisiéramos, de lo que queríamos. 
    Se hamacaba con esmero como una niña que en pleno descubrimiento se subía a su primer hamaca. Tenia cara de sentirse a gusto, como cuando testeaba esas combinaciones de comidas que nadie cataría. Pensé en lo bella que se veía, y en como me gustaba la elegante forma en que lo hacia. Estaba distraída, con su mirada a lo lejos, posicionando sus ojos al horizonte. Mientras, yo, me carcomía en pensamientos.
    La idea de que podía ser mi hija desquiciaba en estas ocasiones mi ya arruinado juicio. Y por mas catastróficos que fueran estos pensamientos, no dejaba de mirarla así. Pese a que no sabia a ciencia cierta como es que la miraba, note que quise mirarla con lujuria, quise que mi designio fuera por el lado de la perversión aunque tuve la dificultad de no lograr hacerlo. Ya no lograba mirarla de esta forma que obligadamente pretendía encaminar. Me estremecía la manera en que todo mi ser se convirtió en inexplicable cuando se trataba de ella. Quizás lo que me asustaba no era verla como lo que podría haber sido, un engendro de mi propia genética. Eso asustaba pero por el contrario, al verla así, me demostraba la fragilidad que sentía por ella.
    Me venció. Pero ya no quería acceder a sus suplicas, mas no podía dañarla. Aun cuando para ella ese dolor significara el gesto de amor que necesitaba generar para sentirse querida. Y todo porque yo si la quería. No se si de la manera correcta del deber porque ¿Qué es lo correcto? Si no comprendía siquiera si era amor, lujuria, obsesión, algún deseo real u otro trauma encubierto. Ahora bien... 
¿Era amor? Nunca pude responderme esa pregunta recurrente, quizás la respuesta no me interesaba, o quizás nunca fui tan fuerte para aceptarla. 
    Me sentía arrepentido de cada una de las veces que la había fustigado, inclusive esto hizo que no vuelva a consentir ninguno de sus deseos sexuales, porque aunque como evidencie que a ella no la dañaban, a mi, me hería en lo mas recóndito.
    En verdad quería amarla, pero para no distar su presencia debía mantenerme fuerte en este sometimiento de no expresarlo. No dejaba que la quiera bien. No quise quererla entonces. No jugué mas.
    Me destrozó el cariño, me volvió una bestia despiadada que cuando buscaba cumplir mis equivocados deseos -sus deseos- terminaba por conseguir que deba enfrentarme, cada vez mas, con mi ser psicópata; este ser que antes de ella no sabia que guardaba.
    Ella se empeño, termino por lograrlo, hizo salir a flote mi desquiciamiento en el tiempo que vino hacia mi en beneficio de su propio desprecio. Su desprecio concluyo con mi propio desprecio, por consecuencia, termine por despreciarnos a los dos.
    Imagino, y aunque deseo me haya engañado también en esto de pensar, que nunca se quiso de verdad.
Ya por mi lado y con el transcurso del tiempo, comencé a sentir asco de mi manera de ser: una animalia. Desde ese día, no volví a verla, y desde entonces... preferí quedarme con este magnifico recuerdo: Ella, hamacándose como una niña a la que le estremece el viento en la cara, cuando el viento destapando devotamente su vestido, la demostraba queriéndose bien al fin.

lunes, 29 de agosto de 2022

Muerte súbita

    Una sola tarde me hizo el amor, fue la primera vez que demostró una pizca de afecto. No me ocurría hace tiempo lo de encontrarme en este estado; el de sentirme tan sobreexcitado. Me encontraba así porque Eva había accedido a mi propuesta sin poner esa cara de obligación –la que solía poner cuando no podía decir no. Dijo sí, sin peros, sin las miles de excusas que salían de su boca cuando, yo, intentaba acercarme más. Esa tarde me sentí desamparado. Me sentí en desamparo cuando después de nuestro encuentro intentó susurrar algo entre dientes que no trascendió, cuando al irse cerró la puerta con fuerza pero al límite, y no se despidió. Ese atardecer logró implantar en mí una angustia, tan grande, que oprimió mis sesos como si fueran a dañarse, encogerse, fenecer. No tuve estrategias. No pude comportarme como valiente porque lo entendí mucho tiempo después de que sucediera. A mí nunca me salía eso de tratar de robar su libertad, de implantar mis pensamientos en su cabeza. No quería corromperla de ningún modo. Ella para mí, seria eternamente esa pequeña señorita: la que uno de los días más fríos del año observo con ojos de amor a una pareja, en un café; la pequeña que, cuando dejaba de ser pequeña, entraba a un bar de mala racha a las diecinueve horas y cometía los peores actos de diantre; los actos más inmundos de su ser. No tuve ideas de cómo lograr que mi boca reprodujera las letras que formaban ésta maldita oración, o ¿plegaria? para que no se marchara.
Esa tarde me encontraba sobreexcitado. Ella subió las escaleras con atención, prestándole el adecuado cuidado a cada paso que daba. Era como si pidiera permiso con cada uno de los movimientos de sus caderas. Fue despacio. Mantuvo la calma. La sentí diferente, empero, no esperaba lo sucedido en esa habitación...
    Después de sentarse en la cama y quedarse en silencio por algunos minutos, acomodo mi cuerpo con cuidado y beso cada parte de mí como si me cortejara de verdad. Me acaricio dócilmente. Me tomo delicadamente. No llego a besar mi frente y, sin embargo, si beso mi corazón que estaba siendo desgarrado
 por una boca que no suspendía su camino. Detrás de mi, comenzó por masajear cada musculo de mi espalada, fue recorriéndolos sin ser excluyente con ninguno. Retrocedió de su posición inicial para dirigirse hacia abajo, a mis piernas, y cuando parecía que cesaba prosiguió con mis pies mientras yo me encontraba disfrutando boca abajo. Cruzó por un costado hacia la cabecera, giró mi cuerpo, y coloco mi cabeza entre sus piernas, en aquel momento fue cuando volvió a hacerlo, cuando volvió a masajear mi cuello, cuando luego debilito con los círculos que formaban sus dedos en mi rostro cada tensión retenida, cada emoción contenida. Todo el rencor o enojo que alguna vez había sentido se había evaporado.
    La pequeña señorita desamparaba mis noches, pero ahora, ya no eran nada, no existía tal sensación de desamparo. Siquiera podía existir algo que sea comparable con estos diez minutos. Invirtió el polo norte en polo sur, el horizonte dejo de ser horizonte, pasaba de ser montaña simple a volcánica, manifestándose solo en ese instante. Fueron los minutos más prodigiosos de toda mi absurda vida. Después de los masajes volvió a tocarme con amor. Esta vez, con amor, hizo evidente que su pretensión era la que yo pudiera percibir esta acción como la que utilizaba, cuando sin verbalizar me pedía que la cogiera. Pero, contrariamente, no me dejo hacerlo. Esta vez no me ordenó, no rebusco en la forma bestial. Se acomodó sobre mí siendo totalmente cuidadosa con cada movimiento que su cuerpo perpetraba, y aunque de perpetrar se trate, no se sintió un crimen cuando estuvo sobre mí, apoyo su pecho contra mi cara, y luego, tomando mas distancia, me rodeo con sus dos manos por detrás de la nuca con ternura. No fue un crimen... se
sintió a muerte súbita. Se movió tan minuciosamente como si yo fuera un cachorro al que no quería lastimar. Me beso en los labios, dos, o tres -quizás cuatro veces. Me hizo el amor suavemente. No abrevió, ni trato de hacerlo. Sus caderas llevaban el compás de un piano que a mis oídos les sonaba cálidamente: notas bajas, suaves, relajantes. Su pecho se inclinaba sobre el mío con agrado y esmero, se inclinaba como pidiendo permiso. Yo la amaba hace tiempo, y nunca lo dije. Ella, había dicho te amo.

jueves, 25 de agosto de 2022

Farsante

Tengo ganas de decirte que lo siento;
Si lo dijera seria un farsante. 
No siento el hecho de pensar en vos, durante y después. 
Intensa y agobiante. 

¿Será un crimen pensar en vos y estar en otra piel? 
¿Será un crimen que sea durante y despues? 
Es que si no lo hago,
seria un farsante asimismo. 

No puedo fingir un calor que no siento,
el querer de unas manos que no quiero. 
No podria, dejar de fingir, que estoy excitado,
Si lo hago es por motivo simple, pensar en usted. 

Me deboro de tal forma, que se hizo rutinario, 
el amor por su olor. 
El desear olfatearla. 
Olfatear y que sea usted seria lo ideal.

Quiero dejar de fingir, pero es recurrente. 
Ojala solo hubieras dejado huellas en la mente. 
Tuviste que ir  mas alla. 
 ¿Acaso cuanto daño le hice para pagar semejante condena? 

lunes, 22 de agosto de 2022

Fantasia

Es tan estresante vivir mi propia mentira, de qué todo está bien, y que todo va a estar bien. 
Nunca estuvo del todo bien. 
Ese paisaje que invente, esa burbuja que cree para sentirme mejor, todo eso y más, se desmorona cuando pienso en vos. 
Lo cruel que puedo ser por ponerte sobre mi ¿Obsesión quizás? ¿Amor? Tal vez... 
Nunca nada se sintió tan real como tu voz al teléfono. 
Vos me dejaste y yo aún quiero ir. 
¿A donde querré llegar? si en ningún lugar vas a estar. 
Todos esos besos que alguna vez me diste, los guardo en el cuerpo porque es donde caben. 
Quizás tu forma de ver el mundo me atrajo, y no me dejo escapar

sábado, 20 de agosto de 2022

Agujero negro


Sos mi agujero negro
Me deprimi pensando en vos,
estas ahi cuando tengo momentos a solas.  
El mate me gusta pero no sabe igual sin vos.

 

Quiero un abrazo calentito. 
Un beso, a la mañana. 
Te quiero, eso pasa... ¿Va a pasar? 

 

Pasa que nada parece solucionarse si no estas vos. 
Lo que en realidad pasa es que siempre te extraño,
aunque me lo niegue, siempre.

 

Es que... tu despedida nunca fue despedida. 
Siempre que te fuiste, te quedaste.
Partiste mas que el sol al horizonte cuando hay humo alrededor.

 

Tengo que pensar mas de dos veces.
Quizas me volvi un poco mentirosa.
Vos sos mi color favorito, en este momento.

 

¿Hasta cuando voy a usarte? 
¿Por qué quiero hacerte poesia?
Quiero hacerte cancion
Quiero hacerte

 

Quiero verte de mañana. A las siete
Quiero la combinacion de tu habitacion, y vos, en un cuadro.
Vos sos un cuadro
Quiero admirarte. 
Quiero volver a pintarte.

 

Tengo problemas para manejar las emociones 
¿Quizas deba aceptar? 
Aceptar que los vicios nunca fueron vicios, comparados con vos 
¿Como puedo pretender encender un cigarrillo, en medio de una tormenta?


  

 

 


Dijo Freud

«Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo» (Freud)

Otra vez volviendome complaciente. No quiero serlo. Es como vivir en una relacion de la que no puedo salir ¿Es costumbre? Sigue ahi. Me quema el estomago. Me siento fragil. Miro le que me rodea. 

«El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional» (Buda).

Sigue doliendo. ¿Busco el dolor? Siento el drama. Me axfisio. 

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»  (Dios)

Los de adentro me rompen. Me siento mal. Deseo no sentir. Me importa todo ¿Es mas de lo que deberia? ¿Que deberia? Necesito ser egoista. Siento empatia. Los de afuera me rompen. No puedo ser cruel. 

                          «Si no cambiamos de dirección, podemos terminar donde empezamos»

¿Me levanto? Me levanto. No. No quiero levantarme. Que bien se siente la cama. Me siento acobijada ¿Y si me quedo aca hasta mañana? Se hizo de noche. ¿Cuantas horas pasaron? Que bien se siente la cama. ¿Y si me quedo un rato mas? Que lindo dia. Mira el amanecer. Debo dormir. -Ya esta la comida-. No tengo hambre. Quiero dormir.
Hoy si va a ser un buen dia. Que bien se ve el sol. Quiero tomarlo. Me siento excitado. Me queman las manos. 
Las piernas caminan. Van rapido. No puedo pararlas. Que bien se siente el viento. Mira el atardecer. Mira la luna. Que magnifica la ducha. Estoy nuevo. Vamos de cero. Hoy si. Hoy quiero todo. No me alcanza. Quiero mas. Necesito mas. No me alcanza. Me relajo. Pero necesito mas. Pará. Pará. Pará. 

«El problema es que te crees que tienes tiempo» (Buda)

Me duele el cuerpo ¿Como decidir quien ser?  Todo surge de adentro. No podes elegir. Como me cuesta elegir. Elegir me agustia. La angustia me agustia. Tengo angustia y ni siquiera se porque. Me esta gobernando un sentimiento. No decido cual es. 
Otra vez elegir ¿Tengo que estar bien? ¿Tengo que estar mal? Otra elección. Quiero estar mal. Tenes que estar bien. Que frio siento. Tienen razon. Me enojo. Quiero estar mal. Me deprimo ¿Por que me deprimo? Todavia necesito deprimirme. Escuche otro consejo: "Pensa que pase lo que pase, a lo largo o a lo corto, todo siempre va a estar bien". 
Lo pienso. No dejan de indignarme las cosas. Los fantasmas me vuelven a atacar. 


Me senté. Me acosté. Quise levantarme pero siento que todavia no es momento. Me seco las lagrimas con las manos. Me las seco con bronca. ¿Me las seco con o de? ¿Para que existo? No se existir. Que hago aca. Me quiero ir. Tenes que afrontar. 
Ya estoy volviendo a atar mis cordones. Camino. Sonrío. Otra vez pienso: que bien se siente sonreir. 
«Para entender todo, es necesario olvidarlo todo»
Duele. Bajo la mirada, Me viene un recuerdo. No pasa nada. Estoy bien ¿Asi era estar bien? 


Estoy mal. Perdón. Un fantasma. Mañana sera otro dia. Lloro con bronca. Siento bronca de mi. Estoy empachado. No tengo lugar en el estomago. No puedo respirar ¿Que hago aca? Angustia. No me importa el sol. No quiero levantarme. Son las 14. Son las 19. Hoy no hay atardecer. 
Amaneció. Oscureció. No puedo dormir. Pienso. Quiero levantarme. Me quedo acostado. Tres dias no son nada. Tomo agua. Verano corto. Invierno de repente. Otra vez es verano. Ojala llueva. Ojala hoy este soleado. Quiero tomar sol. Quiero ir al agua. Mejor me acuesto. Mejor escribo. Me hago un mate. Tengo que salir


miércoles, 27 de julio de 2022

No me demandes por daños y perjuicios

    Estabas en mis manos otra vez. Recordaba como tus dedos se marcaban en mis glúteos después de pedirte con ansias, y sin pena alguna, que repitas el golpe una y otra vez. Aunque quisiera, nada dolía mientras te pensaba. Mis pezones comenzaban a exigirte. Quería volver a poder exigir que te desvistas lentamente cuando toda mi ropa interior ya se encontraba lubricada. Codiciaba sacarte la ropa con desquicio, que está ya no se encuentre puesta era la fantasía a la que recurría mi mente todo ese tiempo en que mis manos comenzaban a imitar estas imágenes que se creaban cuando el cuerpo empezaba a encenderse.
    Percibir que estaba lubricada era solo la iniciación. El cuerpo seguía este ritual, el cual no conseguía procrastinar. No podía, porque era ahí cuando mi mente lograba ponerte la piel al descubierto, y el cuerpo solo se tumbaba en el lugar que estuviera sin poder contenerse. No importaba el paisaje que mis ojos estuvieran viendo, solo importaban esas escenas sensoriales que mi cerebro creaba. Notaba el frio en mis pies y lo sudorosa que podía volverme, estiraba mi cabello para sentirte completamente, dejaba que mi temperatura se elevara al máximo para pasar al siguiente paso. No estaba estructurado, pero de alguna forma el cuerpo me lo indicaba. Las imágenes iban y venían, los sonidos de estos pensamientos se podían escuchar tan reales como tenerte reproduciéndolos. Quería, entre pensamientos, arrodillarme y con mi lengua reconocer tu pelvis otra vez. Seguía el mapa de tu cuerpo con exactitud mientras pasaba mi mano derecha por mi entrepierna, mientras con la restante apretaba uno de mis pechos con la fuerza que lo habrías hecho. Que ganas de que te vuelvas real, de que estés en carne y hueso detrás de mí. 
    No quise terminar sin sentir tu penetración, algo que no podía sustituir ni con las millones de imágenes que pudiera lograr generar. Pero no iba desistir. No podía escapar de mi mente sin lograr su cometido final. Mi cuerpo giraba y se retorcía, se hamacaba en mi mano sin prisa, condenándome a precipitar el final. 
    ¿Cómo no ibas a dolerme? si todo mi cuerpo te clamaba con el mismo dolor, si cada vez que lograba llegar al éxtasis eras en lo que pensaba. Pero habías decidido robarme hasta los recuerdos -o querías hacerlo-. No me demandes después de ser vos quien me daba con golpes lo que pedía. Tus dedos se marcaban en mis glúteos, y para mí no había mejor placer que ese.


domingo, 24 de julio de 2022

Zapatos de soledad

    El comenzó hablando con cierta determinación, se tomo el tiempo suficiente y termino describiendo lo que era el pronostico de su infeliz estado. Yo lo escuchaba atenta y pensaba en lo triste que es dar oído al que transmite sentirse incompleto. Lo miraba y no podía dejar de prestarle atención a sus ojos afligidos. Lo conozco, se que los pone así cuando evalúa que es su propia cabeza la que le carcome su ser. Siento que por eso escapa o trata de escapar de todo. Se que cuando se percibe de esta forma, busca las soluciones contrarias a las del resultado final. Abatido acompaña esa tristeza con algún cebo que lo haga sentir. Aun cuando este absurdo estimulo lo enciende ya no puede hacerlo, no lo elige. No quiere ser sometido a comprender otra realidad. Creo que lo conmueve, lo toma de espaldas y lo apuñala de golpe, coloca en supremacía sus partes incompletas. Y... que contradictoria forma de sentir es el tener que apagar los sentimientos.
    Concluida la conversación comprendía entre algunos de mis tantos pensamientos que: somos almas que buscan almas, mentes que encuentran cuerpos, cuerpos que respiran pieles, y pieles que sin querer a veces terminan por unirse. Comprendía que recaemos o nos rehabilitamos, que nos toca volver a dejarnos caer, aunque fueran tantas las veces que terminamos por perder la cuenta.
    Temo, desde mi perspectiva, que se sentía mal viviendo en soledad. Sentía angustia y estaba deprimido. Se podía observar nítidamente y sin esfuerzo, la desdicha de su estado anímico. Y entre esa tristeza y compasión consigo mismo, el único remedio que encontraba a su afección era algo inclusive peor que la propia resignación. 
    Me entristece la forma. Me entristece el hecho de saber cómo se sentía. Camine con esos mismos zapatos, y estos zapatos nunca calzan del todo bien. Suelen ser de un talle mas, donde todo sobra; suelen ser un talle menos, donde todo aprieta. Estos que de alguna manera él llevaba ahora puestos. 

sábado, 23 de julio de 2022

Eva

    Me dirigía hacia calle Líbano. Avanzaba hacia allí y pensaba en que ahora no me sudaban las manos cuando iba a verla. A la vuelta de donde quedamos en encontrarnos, se encuentra uno de nuestros lugares favoritos. Esta vez no estaba ansioso, pero sí me encontraba excitado por volverla a ver personalmente. Digo personalmente ya que gracias a las retinas y al núcleo geniculado lateral del tálamo, me la pase condenado al retorno imaginario de lo que había sido nuestro último encuentro.  Volvía todo el tiempo la memoria viva. Volvían los sonidos concebidos. Volvía, exactamente, la imagen de su cara cuando iba relajando el ceño; el mismo que habitualmente fruncía cuando algo la indignaba. Me había pasado estos últimos tres meses en la desgracia, con un gusto amargo que traía su recuerdo.
    Hoy cuando me dirigía a verla, me hallaba enojado. Pensaba realmente en qué era lo que me gustaba de tenerla cerca. Sabía que el problema no era tenerla cerca, sino distante, y quizás el enojo era por sentirme tan privilegiado por momentos de poder estar ahí de vez en cuando, pero siendo consciente de que el papel que jugaba la distancia iba a ser eterno. Estaba en protesta conmigo mismo. Quería hacerle piquete a la magia que ella me generaba cuando con su cuerpo me ordenaba. Era amargo el recordar cuando antiguamente ansiosamente esperaba el momento en que con mis virtudes, lograba que sus gestos fueran de un extremo al otro. Odiaba todo de ella; odiaba como con su inteligencia parecía comprenderlo todo al cien por ciento. Mientras yo, iba dándole tiempo al tiempo, para beneficiarme con su fervor.
    Pobre de mí que le hablaba al oído; pobre de mí cuando la agarraba por la cintura con fuerza, pero sin querer dañarla. Pobre de mí, porque aunque intentara sobremanera apretarla solo en la justa proporción, ella en dos segundos pedía que me excediera; y yo -creyéndome pobre, no llegaba a ser ese alguien que la contrariara ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a llevarle la contraria? Si nuevamente cuando la poseía, me admiraba solo de notar como pasaba de calma a intensa. Cuando a las trece, nos encontrábamos en la quince, con la puerta trabada y el aire encendido.
    A mi edad he tenido el agrado, o la suerte, de haber tocado muchos cuerpos, de haber visto muchas caras en situaciones similares, pero ninguna como la de Eva. No puedo explicarles la causa porque simplemente si pudiera poner en palabras su gesto no estaría otra vez, en nuestro mismo lugar. Tal como su nombre la describe, era una tentación de mujer. Era una invitación, o tal vez mi obligación, a pecar. En alguna que otra ocasión, y bajo ciertas circunstancias, me invitaba a residir en su cuerpo  ¿Cómo un ser tan angelical podía hacerme caer en pecado otra vez? ¿Provocarme así, generar esa la intensidad por tenerla? Eva lograba que mi cuerpo desesperadamente quisiera comer del fruto que se encontraba en medio del huerto. Esto, indiscutiblemente, generaba la pequeña señorita, hacía que me sintiera un fracaso como el propio Adán. Y ante mi propio fracaso, ella lograba su resultado. Me convertía como producto de su tentación, en un ser vulnerable a cumplirle. No había remedio de por medio, porque hasta mi mente pasaba a ser la serpiente. Y aunque en todo momento ésta me recalcaba que -comiendo del fruto no iba a morir- yo sabía que luego de este acto, con mis ojos una vez abiertos, conocería el bien y el mal. Un mal al que no quería volver, pero del que tampoco podía escapar.

miércoles, 20 de julio de 2022

El bar de la señorita

    Conocí a la pequeña señorita después de algunas semanas buscando y recorriendo los lugares donde supuse que podría encontrarla. Observe su andar. La vi en noches, días y tardes. Se notaba que era de las que le gustaba experimentar. Me tome el atrevimiento –porque me cuesta ser ubicado- de perseguirla. Mi perfil no era él de un acosador, porque jamás iba a buscarla para lograr hablarle de mí, o intentar de alguna manera que accediera a conocerme, y mucho menos, obligarla a que quisiera tocarme algún día. Pero si tengo que reconocer que, sigilosamente, camine sus mismas rutas, entre a sus lugares de escape, la mire de lejos...
    Reconocí que no era común ese día en el café. Y posteriormente, luego de mi atrevimiento en seguirla, descubrí estas ganas, pero ahora verdaderas, de conocerla. Al menos saber su edad. Intuía que era mayor, porque dejando de lado lo aniñada que parecía su carita y su contextura, su personalidad era, totalmente, la de una mayor. Concurría a un bar donde el ambiente era bastante oscuro; donde el humo podía sentirse desde la puerta. Ingresabas a este lugar y automáticamente se percibía el olor a bebidas destiladas con una cuota de cebada. Empecé a ir de seguido porque –francamente- me había encantado el lugar. No sé si era por su blues o porque, simplemente, era el lugar adecuado para solitarios que querían seguir estando en soledad. 
    Un miércoles cálido, saliendo del trabajo, entre al bar que concurría cotidianamente ella –el bar de la señorita le puse-. Entré a tomar un vaso de whisky para volver a casa más relajado. Ustedes pensaran que fue a propósito, pero jamás pensé en encontrármela. La vi… La señorita, se encontraba bebiendo cerveza y riendo –que combinación más espectacular pensé-. No solo era una mujer muy hermosa en solitario, sino que también tuve el placer de verla disfrutar y desenvolverse entre otras personas. Y a mí, personalmente desde el afuera, gozo de ver a las personas que sin importarles el día, cuando recién está comenzando a atardecer, entran a un bar, y se entregan a sus vicios.
     Yo me encontraba en la barra, y no sé cómo paso, pero en un instante, ella se aproxima, toma su vaso, y de reojos me mira. Pero después de recoger su whisky, volvió a su mesa, donde solo quedaba su propia esencia. Su característico perfume quedo en mi interior. Yo que la observaba, pero ya con cuidado, alcance a ver, como ahora sola, se acomodaba en los sillones de cuero del lugar. Estiraba sus piernas con cuidado, y recostándose sobre el apoya brazos, cerraba los ojos para poder percibir mejor la música. Por momentos hasta yo podía sentir el goce de ésta. Y creo que cualquiera ese día, podía ver como ella lo estaba disfrutando. 
     En mi pequeño disparate por tenerla cerca, me acerque y le pregunte si escribía. Ella abrió los ojos, me miro sorprendida –pero no con disgusto-, y contesto: -Mi sueño es publicar mi libro-.
     Después de decirme su edad, salimos del lugar. Entramos a una habitación. No hicimos el amor. Me hablo, de que cuando era más pequeña se había encontrado una tarde en la cama de su hermano, con su primer orgasmo. Utilizo el lenguaje correspondiente para el momento. Entendí todo -mucho más de lo que buscaba comprender-.
    Según su historia: Se encontraba queriendo dormir la siesta. Cuando por un estímulo que sintió en su vagina, comenzó a tener que tocarse. Empezó palpándose y conociéndose. Seguidamente, examinándose, se dio cuenta que le generaba algo que, para su corta edad, no sabía expresar.  También se había dado cuenta instintivamente, que no podía contarlo. Pero la historia no termina ahí. Con un poco de vergüenza prosiguió, mientras yo la miraba deleitándome con su historia -poniéndole el cuerpo al relato-. Reveló que sus dedos no habían alcanzado. Le gustaba la manera en que se sentía, y a la vez sentía un desconcierto por no lograr comprender lo que estaba pasando con su cuerpo. Así que en su desesperación para no perder esto que estaba sintiendo, busco un juguete de plástico. Este juguete fue lo que termino por devastarla. Lo fregó tanto, y con tanta fuerza por su clítoris, que cuando se dio cuenta y quiso parar, mojo toda su cama con algo que en ese momento, pareció ser el líquido de algo prohibido. Me conto que no gimió. Me conto que se horrorizo.

lunes, 18 de julio de 2022

El juego del saxo

Venían deseándose desde el bar. Se habían mirado en algún momento como sabiendo que buscaban el mismo desenlace. Tuvieron algunos roces. No compartieron palabras, pero sabían que se irían juntos.

Ella le dijo para irse, y él… bajo las escaleras. Escaparon del lugar directamente al estacionamiento. Abrieron las puertas y acomodaron los sillones. Si algo se complicó fue solo para darle inicio al momento. Ahora el escenario era un auto, sobre una calle oscura, en medio de la ciudad. La ropa de ella, ya no se encontraba tapando su cuerpo. No hicieron falta las palabras en ningún momento porque todo instantáneamente se tornó a lo tántrico. Después del reconocimiento previo, se gustaron. A ella la motivaba: lo pervertido, lo indisimulado. Sabía que quería el jugo de él en cualquiera de sus partes. A él, se lo veía decidido. Estaba predispuesto esa noche para dárselo. Darle esto que ella ansiaba y le pedía con su cuerpo.

Accedieron mutuamente a los gemidos, sin pedir permiso, sin dejar de prestar atención en el otro. Cada cual se posicionaba para dejarse complacer. Porque cuando el cuerpo se posiciona naturalmente, las palabras no son reproducidas. Entonces escalas de sinfonías fueron sintonizadas, los volúmenes se volvieron armónicos, las pieles se fundieron con el mismo aroma. Un aroma reconocido por ambos. Se amoldaron a la incomodidad de un reducido espacio y lo supieron aprovechar, ya que con una buena posición, lo demás, se dimensiono para coordinar el acto.

Ya ella de espaldas, encima de él, acomodo sus piernas para lograr el cometido.  Al final nada costaba. El mejor de los rituales era ahora su figura ya ensamblaba con la de él, dándole lugar a sus movimientos de caderas. Ella, como contorsionista, preparaba el siguiente escenario. Si bien estaba apresurada para encontrarse con él en el orgasmo, no obstante quería tomárselo con calma. Esta vez la ansiedad no iba a ganarle al sentir.

Con su danza fue persiguiendo ese fin, pero con total calma, disfrutando de la situación que le generaba sentir su pene dentro. Siguió actuando conforme a su anatomía, y lo que esta le pedía. Paso de contorsionista a ser su bailarina. Ella creaba los escenarios, y con su baile lo mantenía en órbita a él. Este escenario en donde la entrada no se cobraba, solo se agradecía.

Para ella esto era el juego del saxo. Que quizás más que un juego es el sonido que transcurre en su cabeza. Un saxo sonando. Su melodía la lleva, la enciende, para seguir con su accionar. Este saxo que suena según sus deseos, dejando a libre albedrio lo siguiente. Todos sus caprichos estaban siendo cumplidos de la mejor manera posible. Él se dejaba cabalgar, sin quejas y sin preguntas, solo gozaba del momento en donde ni las pequeñas luces que llegaban a alumbrarlos importunaba.  

Después de algún que otro orgasmo vaginal; ella, mientras él la penetraba por detrás, frotaba con dos de sus dedos derechos, la terminación nerviosa donde era acumulado todo su potencial, donde contenía un insuperable y diferente orgasmo final. El, se encontraba en el mismo momento. Donde el cuerpo sale de su cotidianeidad para explotar en otro estado. No estaban cansados, solo querían acabar.

Mojo sus dedos. Los volvió a posicionar en su vagina; frotando adelante y colando los restantes por debajo. El siguió penetrándola, pero más rápidamente; mientras ella envolvía y empañaba con gemidos los cristales del auto donde se encontraban. Ni el frio paro este momento en donde entre cuatro o cinco gemidos finales, le provocaron el clímax. Ambos lo comenzaron, y ambos, con una sincronía, lo terminaron.

domingo, 17 de julio de 2022

No me perdones por nada

Hay personas que no nos merecen, que nos encuentran en un mal momento de nuestras vidas.

    Cuando te vi por primera vez todo de mi te quiso, como algo totalmente inefable que buscaba probar tu sabor, conocer de que estabas hecho. Despertaste en mí un universo entero de posibles –aunque dentro de ese mismo frenesí contuviera mis penas-. La consciencia siempre jugo una mala pasada, porque implicaba mucho más de lo que algún día quizás llegues a comprender. Este último tiempo daba pena, hería profundamente todo ese esplendor de costumbres que habíamos generado entre los dos. Intente de sobremanera no utilizar la última palabra, no ser la que encuentre consuelo en la soledad, ni mucho menos dañar lo que alguna vez creíste que sabias de mí. Quizás entre mis idas y vueltas solo desgastaba mas esos borrones y cuentas nuevas que me obligaba a aceptar. 
    Tratar de comprender cuando todo se desvanece fue/es el caos y el insomnio de incansables noches, en la que juagabas el papel principal en mi obra, y no es que me considere artista, pero el consumir de tu esencia fue llenarme de sol y dejarme llover más de una vez.
    Esta vez si cumple su propósito la culpa, entra cada momento en que pasas por mi cabeza y segrega tan rápidamente hacia el vacío, hueco e incompleto lugar, en la anatomía, que solía encontrarse mi corazón. Y ahora estarás pensando: ¿de que corazón habla? si vos no tenes corazón, o al menos busco el consuelo de creer de algún modo que se en lo que estás pensando, porque el compartir me genero eso, el auto-convencerme de la idea de que supe quizás lo que pensabas en algunos momentos. Lamento decirte que ya no creo en nada, ya no se nada…
    No se si te escribo para decir que lo siento, o para tratar de justificar mis actos en una absurda carta que ni siquiera creo enviarte. Yo se que no me queda el lugar de víctima – no me queda por ningún lado-. No fui capaz de hacerle justicia a lo nuestro, a las emociones, ni sentimientos que generas. Me perdí en la idea de que nunca iba a ser lo que merecías porque aunque vos no tengas ni una posibilidad de entender con qué fantasmas luchaba, percibías de efecto rebote todo lo que solía llamar "miserias".
    Quiero serte sincera, aunque no sirva de nada, y contarte que hace unos días atrás, deje de percibirnos y si bien podría hacer el intento en explicártelo, con alguno de mis ejemplos de los que tantas veces tuviste que aceptar o resignarte a escuchar, pero no puedo y vos me entendes. No tuve idea, con vos las ideas nunca fueron suficientes como para mirarte y lograr decir algo con lo que en un abrir y cerrar de ojos aparentes comprenderme. Pero tu espalda me va a agradecer algún día. Disfruto tanto el estar con vos, que a veces se me olvida que no quiero estar con vos. 
    Tantas noches mirando la luna juntos, y esta vez, contrariamente, los dos mirándola separados, porque en esta vuelta de tuerca que ya casi no gira, existen de por medio -y ya no la luna- la cuestión tan esencial del sentir.
Si tuviera la certeza te diría que lo probaría todo una vez más; otra vez te estaría mintiendo. A veces debemos explicarnos a nosotros mismos lo que nos cuesta el lastimar, porque aunque tengas miles de razones más para quedarte donde te aprietan los zapatos del corazón, se te anuda con resignación en el pecho y garganta un interior e infelizmente “no puedo”. Un no puedo que quedo entre dientes alguna que otra noche donde el placer te lleva al éxtasis, donde pensar no se coloca en posición de exigirse. Un no puedo de los que tantas veces postergaste por no caer en la simple cobardía de lastimar o ser sincera.
    No puedo imaginarme que estás pensando ahora, ni las tantas cosas que seguramente están pasando por tu cabeza; tampoco me queda esa valentía en suponer. Sin embargo pase por esta situación ya tantas veces que puedo tomar precisión de cuál es la posición en la que estas. No quiero adelantarme en decir, como ya dije, que estoy suponiendo. No obstante fueron incontables las noches en las que en mi sien iban y venían pronósticos de las distintas especies y clases en cómo iba a concluir lo nuestro. Si, lo tenía injustamente estudiado. Quizás decir que lo tenía estudiado suena a que en algún momento entre esos pensamientos lo planifique, y quiero decirte a vos que de nada sirven los pensamientos, los planes, las miles de posibilidades e ideas que pelean por el puesto para ser lo más cercano a lo real, porque inclusive no somos ni la mitad de lo que pensamos. Vuelvo a esa sensación de saber que ni aunque “lo haya planificado” esto se asemejaría a lo que gritaba mi interior.
    Esta historia que arde entre las entrañas, que te cocina por dentro, fue lo que mas se acercó a lo que sentí. Se que lo vas a entender -aunque me digas que no entendes nada- fue tan natural, estuvo por sobre todo -inclusive sobre mi misma-. Llevaba días y noches buscando una solución a eso que me iba carcomiendo por dentro y que, inclusive, en un chasquido de dedos desaparece, se esfuma como si nunca hubiera estado ahí. Te vuelve un ser incomprendido. El rebuscar entre los escombros de lo que quedo en obra tan solo un motivo para poder declinar tu postura. 
    Dame la llama que prendía, junta de todo el bosque algo que me vuelva a encender. Dame tiempo. Déjame recorrer con mis propios sentidos las agujas de mi reloj. No me perdones por nada, no esperaba que así suceda. Nunca entenderías que no eras vos, que nunca fuiste vos. Que mi cabeza terminó por convencer todo de mi, llevar mi lado extremo a dejar de pensarte.

viernes, 15 de julio de 2022

Como un Dios

Mi cuerpo me ha hecho sentir tantas cosas que ni mi propia cabeza llego a soportar. Mi sexo abrió puertas que no pude cerrar.
Mi cuerpo domina mi mente, mi cuerpo destroza mi razón. El morbo encuentra huecos para entrar, y genera el instante en donde todo desaparece para ser calor, para ser hormonas encarcelándome. Una obligación a la renuncia de pensar.


00:53hs

Ya es viernes. No hace frio. Lo espero con ansias. Acá lo único frio es tener que escribir con mis dedos la historia que está creando mi mente, cuando con recuerdos logra que en mi segregue la hormona de la dopamina. Cuando pasando las cero me encuentro en mi cama con algunas imágenes apuñaladoras. Mejor sería si no tuviera los recuerdos, porque sería mejor instaurar uno nuevo. Pero existe esa cama, esa que mi cuerpo ansia tanto.

Una cama, una simple cama en medio de una habitación. Una habitación de cuatro paredes, paredes que pretendían resguardar aquellos gemidos. Gemidos de una boca que a la vez susurraba un <<que rico>>. Unos labios que besaban aquella piel. Piel donde afloraba la transpiración.  Una mente hipnotizada de tanto placer. Un placer generándose en un punto clave, punto clave que, cuando era destapado, no dejaba de hacer llover.  Yo llovía arriba, abajo, encima. Arriba de sus piernas; por debajo de mis glúteos; por encima de su pecho.

Dos mentes retorcidas. Dos extremidades deseándose. Dos dedos que buscaban mi boca, dedos que se conducen como pinceles. Pinceles que van cargados de pintura.  Pintura que es esparcida con sus tres dedos restantes. Pintura que pintaba mis labios. Sus manos tocaban mi carne y mis átomos parecían destruirse.  Mi cuerpo era Chernóbil a punto de desatar la catástrofe más colosal de la historia. Sus manos no dejaban de incitarme a este descuido. Yo en mi rol de planta nuclear retrasando el disturbio.

El disturbio llegaba. El disturbio siempre encontraba lugar; tarde o temprano ganaba. Era insoportable sentir como solo se tomaba su tiempo; este tiempo contado secuencialmente. Su búsqueda retorcidamente era encontrar ese momento seguro. Seguro para él, destructivo para todo lo demás. Con un descuido mío, acertaba ese momento.  Se tornaba inequívoco el minuto para dejarme en coma. Como el agua y el fuego batiéndose a duelo. Una guerra que desataba infiernos y tsunamis. Fuego en el interior, mareas en las superficies.

La boca era utilizada en conjunto, para recorrerme con su lengua, morderme con sus dientes. Yo no podía usar las cuerdas vocales para gritar porque la vocalización copulatoria equiparaba todo, esto a causa de que ser fémina me condenaba a los jadeos.

Ahora era el momento de la almohada, esta entraba como si fuera posición del Kama Sutra. Formaba parte ya que era atrapada con mis dedos; era penetrada con mi cabeza, mojada con mi saliva. Allí era cuando me imponía la posición de rezo, con la suerte de que las plegarias eran respondidas instantáneamente. La cadera empezaba a elevarse formando una columna vertebral de más centímetros. Su empuje constante pero riguroso iba profundizándose, era tan profundo que dejaba de ser constante. Dejaba de ser constante porque comenzaba a variar.  Y era tan variable que terminaba sacando esta contención que generaba la almohada. Afuera la almohada. Arriba mi cuerpo del suyo.

Las plegarias esbozaban que rasguñe mi espalda, que me jale del cabello, con fuerza o sin, sin límites por favor. Que use sus manos en combinación, las dos apretándome debajo de las costillas, donde la cintura se sienta bien.

Los escenarios son, ahora, donde la luz principal se posiciona en mojarme más, pero siendo solo el comienzo. Mis genitales le hablan por mí. En mi último intento les ordeno y ruego que paren, pero que si se detienen sea solo para volver a iniciar. Ya sintiendo el fuego en alguna parte que no comprendo para señalar voy mutando, convirtiéndome con la metamorfosis. Mi cuerpo sintiendo llamas que van bajando, punzando desde mi interior con este fuego, fuego y electricidad. Electricidad que no deja de progresar, y que con un poco de más voltios terminaría conmigo en ese, contenido pero conseguido, grito. Grito que al final triunfa. Desenlace donde mi electrificado yoni propicia el desmayo.

Él era mi Dios, porque gobernaba todos mis sentidos.


miércoles, 15 de junio de 2022

La pequeña señorita

26 de Mayo/Rosario. 12:09hs
 
Me senté a tomar un café como de costumbre. Estoy en Rosario, y afuera hace frio. Me encanta esta ciudad; siempre que vengo me impresiono como si fuera la primera vez. Amo todo de ella: sus olores, su gente, colores, gustos. Amo el hermoso club de Newells old boys del que soy fanático. Aunque no obstante, escuchando a Freddie Mercury en el café  esta mañana, pensaba en que siempre vengo y nunca había podido ir, ni disfrutar, siquiera ingresar y conocer por dentro al club. Es una de esas cosas que tengo pendiente, y odio lo pendiente: porque sufro de ansiedad. Y la ansiedad genera, o digamos, casi siempre me gobierna. Digo casi siempre… porque en este momento estoy controlado con algunos estímulos externos.
Me acerque a pedir una hoja a un extraño del café ya que me olvide la agenda en el suelo del auto,  y no pensaba salir con el frio que hace, hasta el estacionamiento donde lo deje –a unas 10 cuadras-. Un momento atrás salí a fumar un cigarrillo en el sol, pero el frio esta tan tremendo por estos lados que no es soportable para mi porque de despistado –o inconsciente- me saque el sobretodo en el auto mientras tomaba un amargo más temprano. Termine acá, escribiendo, todavía me encuentro esperando el café, pero ya sin frio. De repente veo que entra una particular señorita, esta pequeña. Si bien se notaba que era mayor de edad; tenía la contextura de una de entre 19 o 25 años de edad. La forma en que vestía y todos sus artilugios, me hicieron prestarle atención.
Llego el café, y que buen café. También en este momento le estoy prestando atención, y observándola... Cuando de repente escuche su conversación con la moza del lugar que le dijo: -Uy discúlpame- a lo que esta le respondió entusiastamente -No, no pasa nada. Muchas gracias. Hace frio ¿no?, sonriendo agrego -Sí, se vino con todo. Bueno hermosa, que lo disfrutes. Entonces la señorita agradeció y termino con un "muy amable". 
El café estaba riquísimo, estaba caliente pero en el punto justo, ni muy caliente como para quemarse, ni muy frio como para no ser disfrutado. Lo había dejado negro, y estaba emocionado por beberlo de a pocos sorbos para que no se acabe. A ella, al igual que a mí, también le trajeron de regalo en el platillo del café, un conejito de pascuas de chocolate. Yo, lo iba a comer -aunque lo detestaba-, me pasa algo parecido con las vitaminas, o medicamentos, odio tomarlos, pero sabemos en cierto punto que si lo hacemos, es porque nos hacen bien. ¿Y por qué lo odiaba entonces? En primer lugar: por su forma ¿Qué tenía que ver un conejo con pascuas? Es algo que no entiendo. Segundo, no era chocolate del amargo, y yo soy fanático del chocolate pero de los que tienen mínimamente sesenta porciento de cacao amargo. Pensaba que comérmelo era un pecado, pero tenía ganas de correr riesgos. Lo iba a comer, porque al final, es como con el futbol -aunque sea muy fanático-, algunas veces te corrompes de pecho frio porque no termina siendo un partido bueno como quizás esperabas. Bien, igualmente termine por decidir no comerlo. Note que ella tampoco lo comió, se ve que no lo quería, ni lo necesitaba. Lo devolvió a su moza. Esta se encontraba sola, y por dentro mío pensaba en porque una mujer se encontraba sola este día, en el mismo lugar que yo. Era hermosa pero no lo demostraba físicamente, era hermosa porque cuando termino su café tuvo el gesto de levantarse y les alcanzarle los utensilios y vajilla, a las chicas del lugar. 
De repente, una pareja ingresa al local, y ella se queda intrigada observándolos, eso de igual forma me llamo la atención. ¿Será porque me sorprendió su hermosura? –Como dije más adelante-. Siempre que estoy escribiendo me distraigo y me surgen preguntas, por ejemplo; ¿Seré tan distraído que olvide mi agenda? y por eso es que estoy escribiendo en un papel regalado que atrás dice <<rendimiento dólares “últimos 12 meses”>> del mes de abril, algo sobre un plazo fijo, no sé muy bien…
Retomando la historia del día: En este momento le sigo prestando atención a la pequeña señorita. Traía una polera mostaza, los labios fucsias, y el pelo recogido en un rodete con un lápiz, lo que me hizo concluir de que también escribía. Pero se notaba que estaba allí sola, viendo a esta pareja porque anhelaba, o añoraba, un poco de esa sustancia, un poco de ese cariño o contención. Por como los miraba se ve -o percibí-, que deseaba sobremanera estar en ese lugar, en pareja sonriendo, y compartiendo una comida un día frio como este. Pero creo –ojala no me equivoque- estaba en soledad por decisión.

El dolor

¿Por qué deseamos que duela?
vamos ahí...
como pidiendo que nos pongan sal en la herida,
y después...
clamando por una curita que nos repare.

domingo, 12 de junio de 2022

Salsa, polenta, y agua.


Todavía pienso en ella;

Y más cuando tengo alguna agenda y bolígrafo encima.

 

Me siento enfermo;

de no sentir su frescura,

me da escalofríos escuchar la música,

 y solo querer hacerle el amor.

 

Me siento enfermo porque el cuerpo no funciona;

mi mente todavía se encarga de traerla devuelta hacia mí.

 

Su cuerpo desnudo sobre el mio;

  su aroma a jabón brasileño,

sus piernas particulares –con las que me podría envolver en la eternidad-

 

Salir de la realidad me parece un hecho imposible;

como pretender que dejase de hacer frio un sábado 11 de Julio en Buenos Aires.

 

El frio polar no vino solo;

con el trajo nieve en mis manos (estas ya no pueden tocar, ni sentir otras).

 

En el bar bailan salsa en pareja (obviamente la costumbre);

y si usted fuera mi pareja de baile,

 no solo le bailaría.

 

En la imaginación puedo hacerle mil cosas;

Y gracias a Dios todavía no me culpan por ello.

Tengo un rollo fotográfico entero de sus gestos, sus extremidades,

asi la recuerdo.

 

No puedo evitar su ternura;

su mágico andar por mis calles.

me transitó hasta que con sus pisadas dejo huellas imborrables.

 

Y si fuera tan fácil,

 como ser algún camino,

solo tendría que pasar nuevamente por allí,

para lograr borrarlas.

 

Y pase…,

la invito a volver a pasar por aquí.

 

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