Esa noche era especial. Tenia traumas que la
hacían salir de su esquema habitual. Y esta fecha que recordaba, era la peor. Estaba tan dañada que, aunque no lo reconociera, buscaba
contención. Pero no cualquier contención. Estaba tan dolida ese domingo: le dolía la vida, su alma, se
partía todo su interior, y sangraba al punto de no caberle tanta sangre dentro
del cuerpo.
La noche era especial, aunque nada tenía que
ver con el goce y el placer. La pasaba mal y no lo decía. Quería llorar sin que
nadie la abrace. Necesitaba llorar porque entre la sangre acumulada y el resto,
no cambian ni las lágrimas en su interior. Tenía un desastre en su departamento, y no pensaba siquiera ordenar porque entendía que nada iba a arreglarla, ni
sus obsesiones con la limpieza, ni sus tocs no resueltos, y tampoco usar su
cuerpo con algún Juan que la cobije y la duerma después de haberle hecho el amor. Quería mirar para un costado a todo, no hacer caso a nada.
No podía hacerlo... Pensaba en todo y en nada a la vez. Pensar también le dolía. Había roto, horas antes, su copa favorita; perdido su auto por un control de
alcoholemia. Se acababa de levantar y lo único que quería era quedarse acostada
fumando un cigarro de los convertibles, esos que había intercambiado por sus
tan amados cigarrillos favoritos. Esto, en conjunto, fueron su despertar ese domingo. Los
pájaros cantaban y ella podía escucharlos. Se dejaba llevar por ese sonido para
sosegar sus pensamientos. Ya estaba cansada de llorar, no quería hacerlo más. No le
solucionaba nada, o eso quería creer. Ya no sentía romperse más, porque cada
vez que se rompía dejaba atrás -nuevamente- un pedazo viejo de ilusiones para
con su vida. Se hundía tanto, y le era tan cómodo, que de ahí no deseaba
volver.
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