Páginas

Eva.

Me dirigía hacia calle Líbano. Avanzaba hacia allí y pensaba en que ahora no me sudaban las manos cuando iba a verla. A la vuelta de donde quedamos en encontrarnos, se encuentra uno de nuestros lugares favoritos. Esta vez no estaba ansioso, pero sí me encontraba excitado por volverla a ver personalmente. Digo personalmente ya que gracias a las retinas y al núcleo geniculado lateral del tálamo, me la pase condenado al retorno imaginario de lo que había sido nuestro último encuentro.  Volvía todo el tiempo la memoria viva. Volvían los sonidos concebidos. Volvía, exactamente, la imagen de su cara cuando iba relajando el ceño; el mismo que habitualmente fruncía cuando algo la indignaba. Me había pasado estos últimos tres meses en la desgracia, con un gusto amargo que traía su recuerdo.
Hoy cuando me dirigía a verla, me hallaba enojado. Pensaba realmente en qué era lo que me gustaba de tenerla cerca. Sabía que el problema no era tenerla cerca, sino distante, y quizás el enojo era por sentirme tan privilegiado por momentos, el poder estar ahí de vez en cuando pero siendo consciente de que el papel que jugaba la distancia iba a ser eterno. Estaba en protesta conmigo mismo. Quería hacerle piquete a la magia que ella me generaba cuando con su cuerpo me ordenaba. Era amargo el recordar cuando antiguamente ansiosamente esperaba el momento en que con mis virtudes, lograba que sus gestos fueran de un extremo al otro. Odiaba todo de ella; odiaba como con su inteligencia parecía comprenderlo todo al cien por ciento. Mientras yo, iba dándole tiempo al tiempo, para beneficiarme con su fervor.
Pobre de mí que le hablaba al oído; pobre de mí cuando la agarraba por la cintura con fuerza, pero sin dañarla tanto. Pobre de mí, porque aunque intentara sobremanera apretarla solo en la justa proporción, ella en dos segundos pedía que me excediera; y yo -creyéndome pobre-, no llegaba a ser ese <alguien> que la contrariara. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a llevarle la contraria? Si nuevamente con las retinas notaba como pasaba de calma a intensa; cuando a las trece, nos encontrábamos en la quince, con la puerta trabada y el aire encendido.
A mi edad he tenido el agrado, o la suerte, de haber tocado muchos cuerpos, de haber visto muchas caras en situaciones similares, pero ninguna como la de Eva. No puedo explicarles la causa porque simplemente si pudiera poner en palabras su gesto; no estaría otra vez, en nuestro mismo lugar. Tal como su nombre la describe, era una tentación. Era una invitación, o tal vez mi obligación, a pecar. En alguna que otra ocasión, y bajo ciertas circunstancias, me invitaba a residir en su cuerpo humano -o animal-.  ¿Cómo un ser tan angelical podía hacerme caer en pecado? ¿Provocarme con esa intensidad? Eva lograba que mi cuerpo desesperadamente quisiera comer del fruto que se encontraba en medio de huerto. Esto, indiscutiblemente, generaba la pequeña señorita. Hacía que me sintiera un fracaso como el propio Adán.
Ante mi propio fracaso, ella lograba su resultado. Me convertía como producto de su tentación, en un ser vulnerable a cumplirle. No había remedio de por medio, porque hasta mi mente pasaba a ser la serpiente. Y aunque en todo momento ésta me recalcaba que <<comiendo del fruto no iba a morir>>, yo sabía que luego de este acto, con mis ojos una vez abiertos, conocería el bien y el mal; un mal al que no quería volver, pero del que tampoco podía escapar.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

j=d.createElement(s),dl=l!='dataLayer'?='+l:'';j.async=true;j.src=