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martes, 30 de julio de 2024

Borriedo

Llegue a la conclusión -aunque llego a ser lo que más quise- de que nunca tuve su amor. Solo fui un omnipotente viviendo por dos, y Eva, Eva nunca, siquiera, se dio cuenta de esto. Lo peor es que la envidio. Todavía envidio la libertad de ésta, su cabeza y pensamientos. Siempre admire su forma, esa que en mi diccionario sonaba al «no querer». Era un nudo que se entreteje; sin hilo, sin la parte del tejido, la otredad. Como si mi persona se convirtiera en mi peor enemiga: El yo, simplemente, era el otro... eternamente un tercero. Existían demasiadas profundidades porque la armonía es un mito que va descompensando una situación de conflicto, lo que denominamos comúnmente vivir. El verdadero conflicto, es que lo dividí humildemente en dos, sin prestar atención en sus acciones que, consistían y tendían a alejarse demás. Fue, simplemente, la confusión de mi propia personalidad queriendo encubrir o ganarle, a la de ella; que mientras más demostraba, más se alejaba. Porque eso de ser enemigos existe durante y después, tal vez en algún momento se va, pero esto no lo puedo acreditar.
Eva, se resistía como si yo fuera el peor de los demonios: uno que venía a corromper sus días tranquilos en soledad. Y si, era algo así, porque sin darme cuenta quise hacer de ella, en algunas oportunidades, lo que mi propia piel pedía. Por el contrario, también existió esa parte -quizás obligada, en la que ella intentaba hacer lo mismo, pese a que ella si lo lograba. La misma iba palideciendo algo en mí, lo que todavía genera angustia y sigo sin poder nombrar. Porque el tanto pensar y sobre pensar en las cosas, dio pie a que se sienta como… monotonía. Me dejo carne y huesos, me trajo desvelo, ansiedad, y otros tantos males que iban generándose a medida que el tiempo iba desvaneciéndose.
Después de transcurrir varios meses -casi seis para ser más preciso- me encontraba nuevamente en mi rutina, empero ya procesando de manera diferente las cosas, digamos que… algo más acostumbrado, creyendo firmemente en que mi camino terminaba ahí, siendo el perro malo de la sociedad. Así, viviendo noches sin asombro en las cuales siquiera había vinos de por medio, puesto que con cada gota que bebía, se sumaba una desdicha. Y sucedió, sin más, que una botella se convirtió en media, y media siempre terminaba por ser poco.
En ese presente, ya no incierto, me hallaba arrancando las hojas del calendario. Un descuido, un pestañear, y llego el verano, paso el otoño, sufrí el invierno, y de esta forma transcurrieron mis días: seguí cumpliendo la vida de ratones que me tocaba, el destino que había infelizmente elegido como propia condena. Me había auto condenado a expulsar, echar, dejar de lado a lo único que en realidad despertaba, al menos, un grado de sensaciones nuevas en mí. Es que... no hubiera imaginado nunca un final así. El reinicio a cero de nuestras posibilidades después de habernos dedicado incansables sensaciones. En absoluto pensé que iba lograr alejarla de mí, peor aún, alejarme de ésta por propia decisión. Y todavía pienso en que jamás hubo una posibilidad en realidad, e igualmente vivía con la ilusión de que un día ella despertara de todo y me dijera quédate. Ansiaba por sobre todas las cosas escuchar esas palabras saliendo de su alma, de su pequeño cuerpo, de su íntegra calamidad, ya que las veces en que lo manifesté me tomaba por sorpresa ella, que era la que reproducía esas últimas palabras; el despido, el adiós de la angustiante vida que nos creamos. Y ahora, aun estando en el presente, me encontraba encerrado entre el pasado y el futuro, y ambos, me generaban nostalgia. Ambos me generaban angustia, ambos daban cuenta de que fue así como canalice todo lo que me sucedía en un ser borracho y con miedo ¿Alguna vez escucharon estas dos palabras juntas formando una en conjunto? Porque creo que las inventé. Formé un sentimiento de estas dos palabras, algo así como un borriedo: “un triste borracho con miedos”. Era el único borracho, que, al estarlo, se sentía con miedo. Es que tenía tanto miedo de que las cosas me ahogaran, que muchas veces contrariamente aclamaba por esto. Buscaba ahogarme en ellas, que me terminaran hundiendo. Llevándome en este estado a lo más profundo, donde sentía, o consideraba, pertenecer. No me apetecía de ninguna manera salir a flote, realmente no quería hacerlo. Me había cansado de cada minuto que pasaba, de tener que estar pendiente de que anochezca, de quedarme acostado y no tener porque levantarme. Nadie iba a lograr que me recupere, porque interiormente todo había fenecido. Y, no era idea mía, era mi propia cabeza que devoraba los recuerdos, los llevaba al olvido… hacía que me dé por vencido.
El vino me había dado fortalezas, más de una vez; y así quizás también, lo de poder decir cosas que no eran tan necesarias reproducir, pero al final miedo… miedo no daba nunca.
Pero al presente, era un bebedor compulsivo que llegaba con miedo y bebía, y el miedo seguía allí después de depositar vacía la segunda botella. Estaba en soledad, maldiciendo a alguien que se había ido pero no del todo. Nunca se iría. Quería morirme por dentro, instantánea y espantosamente. Quería morirme con los propios ataques de ira que todo esto desencadenaba; pero no, yo seguía anhelando tenerla en mis brazos. Sabiendo la razón; fui yo mismo quien la había corrido de allí. Jamás iba a volver a dormirla, jamás iba a volver a sentir sus pies fríos sobre mis muslos, jamás… iba a volver a sentir su olor, y eso me aterraba; su olor me aterraba. Había quedado grabado con dilección.
Y así fue que me despedí, siempre con resignación, porque, aunque hubiera querido ser el más fuerte, fui el más débil. Dolió; todo el tiempo dolió, y eso a su vez era lo que hipnotizaba: sus “no” tan marcados, sus miradas no queriendo aceptar, su predisposición a ser todo lo que alguna vez quise; todo lo que alguna vez quise, a sabiendas, de que sería lo que destruya.
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